¡Que tiemblen!
Martí vuelve a acusar desde la Tribuna; apunta directamente al yugo y la indecencia, al gigante de las siete leguas que procura anularnos de una vez y por todas como nación. De espalda a esa prepotencia hecha cañón y metralla, estuvo este viernes —con las primeras luces del alba— la hidalguía de un nuevo renacer, de un pueblo que se enorgullece hasta lo más hondo de sus gestas.
Cuba tiene el don de estremecer las plazas cuando la Patria convoca, de «tomarlas» como trincheras de ideas multiplicadas y de luchas. Es una constante de subsistencia, de sobrevida. Bajo este cielo irreverente siempre hay motivos para copar las tribunas, las calles; pero el viernes último fue diferente, estremecedoramente diferente.
Frente al mar del norte y en las mismas narices de la Embajada yanqui en La Habana, los 32 rostros de nuestros hermanos caídos en suelo venezolano guiaron en silencio todas las razones sostenidas por más de 500 000 cubanos. Cada territorio hizo suyo un dolor íntimo, sin imposición, que trasciende hasta la ciudad y la fría brisa de enero.
Quienes adversan a esta Isla no entienden nada, creen en la mezquina intención de que todo se agrieta y desploma en los momentos duros, cuando la fibra humana se tensa hasta el límite. No existe un error más profundo que ese: menospreciar esta Patria mientras llora a sus mártires. Es la embriaguez que habla en nombre del odio, y que dura tan poco y es tan efímera como la muerte moral.
A Cuba no se le toca lo más preciado entre lo digno: sus hijos e integridad. Eso solo acrecienta, como expresara Martí, el desprecio a «quien la oprime, el rencor eterno a quien la ataca». Hay lágrimas multiplicadas por miles, por millones, que caen como bálsamo colectivo ante la pérdida del padre, el amigo, el esposo, el hermano.
El llanto es tan lícito como desgarrador, tan humano como valeroso. Lo hemos visto en el íntimo sollozo de las avenidas con el paso inconfundible de los héroes caídos; en la abuela que se aprieta el pecho junto a la bandera, frente a quienes, aunque no lo dicte la sangre, son, sobre todo, su familia grande, sus compatriotas.
Es lógico que quienes nos adversan no comprendan las miradas de una nación que jura erigir sobre el dolor un monumento a la verdad, el antimperialismo y la razón. Ni así se podrán calmar los latidos acelerados de las madres, las esposas, los hijos... que perdieron su sostén, pero es la forma que tiene este pueblo de acompañarlos y de ser coherente a tanto coraje.
Esa última es la palabra con la que todos describen aquel enfrentamiento en la madrugada del 3 de enero, aseguró el pasado viernes el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, justo antes de comenzar la marcha del pueblo combatiente. «Y nombran al primer coronel Lázaro Evangelino Rodríguez Rodríguez, quien encabezó el intento de rescate de los primeros caídos hasta que un dron enemigo lo alcanzó. “Me hirieron… ¡Viva Cuba!”, fueron sus últimas palabras».
Es la actitud que mejor resume un pueblo mil veces asediado, mil veces sentenciado, pero jamás vencido. Cuando se apunta desde la injusticia a nuestra dignidad, aparece la hidalguía y el decoro de tantos héroes como Lázaro y sus 31 compañeros. Es la ley de la conciencia hecha pueblo, aun desde las lágrimas. Y cuando una nación llora así a sus hijos queda una idea desafiante, fidelista e irreverente para los que adversan: ¡Que tiemblen!