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Irán y el régimen de los ayatolás: la tiranía de la oscuridad

Occidente lleva décadas cometiendo un grave error al calificar al régimen de los ayatolás de «teocracia». Debemos desterrar este término. Lo que gobierna en Irán no es el Gobierno de Dios; tal definición otorgaría legitimidad espuria a lo que no es más que una dictadura brutal. Estamos ante un régimen que ha manipulado la religión para convertirla en una perversa ideología: el islamismo radical yihadista en su vertiente chií. El régimen de los Ayatolás no representa al islam en su conjunto, ni siquiera a la totalidad del chiismo; representa una mutación ideológica maligna. No estamos ante clérigos piadosos, sino ante ingenieros del terror que han manipulado la religión para consolidar una ideología despiadada: el islamismo yihadista. Hezbolá, las milicias terroristas iraquíes, los hutíes, Hamás: todos beben de la misma fuente envenenada.

Si recurrimos a la clasificación aristotélica, el sistema iraní no encaja en la tiranía clásica sino en la oligarquía degenerada: el gobierno de unos pocos que explotan al resto. Una tiranía unipersonal puede caer con el tirano. Una oligarquía yihadista solo funciona si cuenta con el respaldo de una minoría –entre el 15% y el 20%– que se beneficia del sistema: una parte del clero chií, la Guardia Revolucionaria (IRGC) y los «Bonyads» (que controlan hasta el 40% de la economía) los «bazaríes» afines y la red clientelar del régimen. Esta minoría no defiende una fe; defiende su poder y privilegios. Esa oligarquía es el núcleo de un Estado revolucionario que ha convertido la exportación del terrorismo en su razón de ser. Su proyecto aspira a moldear Oriente Medio mediante milicias, guerra por delegación y un programa nuclear concebido como seguro de vida. La misma estructura que saquea la economía interna, financia a los proxies terroristas y sitúa al país en colisión permanente con su entorno y con Occidente.

Una revolución que se devora

La República Islámica ha impuesto la revolución con mano de hierro y terror. La generación de fanáticos del 1979 unida a no pocos idealistas, se ha transformado en una *nomenklatura* que ya no cree en el proyecto «revolucionario», sino en la conservación del poder y las rentas. El proyecto islamista, que prometía representar a los «mostazafín» –los oprimidos–, se percibe ahora como un poder que gobierna contra la mayoría social. La guerra cultural del régimen contra estilos de vida cotidianos ha abierto una brecha irreconciliable con la sociedad urbana. Los mecanismos que consolidaron el sistema –ideología, movilización, represión selectiva– se han convertido en las fuerzas que minan su estabilidad.

Ante el agotamiento de la narrativa revolucionaria, el Estado recurre a la coerción pura. El andamiaje represivo descansa sobre tres pilares: el IRGC, con más de 200.000 efectivos y su imperio económico; la milicia Basij, los camisas pardas del régimen, verdadera infantería represiva con millones de «voluntarios»; y el Ministerio de Inteligencia, que tortura y asesina dentro y exporta asesinos con pasaporte diplomático. La historia de las protestas es la de represiones cada vez más sangrientas. En 2009, el Movimiento Verde dejó al menos 72 muertos. En 2019, entre 300 y 1.500 en apenas tres días. En 2022, el asesinato de Mahsa Amini a manos de la «policía moral» provocó más de 550 víctimas.

La presente oleada no tiene precedente: más de 15.000 muertos según estimaciones conservadoras, con cerca de 25.000 detenidos. La mayor masacre en 47 años de régimen de terror. Lo distintivo es que ya no se trata de sofocar brotes aislados, sino de aplastar una insurrección nacional que el régimen percibe como amenaza existencial. Por eso las órdenes han sido disparar a matar, por eso francotiradores apuntan a la cabeza con el único objetivo de aterrorizar. Las protestas estallaron el 28 de diciembre, detonadas por el colapso del rial, que ha perdido el 80% de su valor. Pero reducirlas a un estallido económico sería un error. La inflación, los cortes de agua y electricidad, el desempleo juvenil superior al 30%, son síntomas de un sistema que ha priorizado la exportación del terror sobre el bienestar de su población durante 46 años.

El contrato social de la revolución está irremediablemente roto. Lo distintivo es la velocidad de la radicalización. En días, «pan, trabajo, libertad» mutó a «¡muerte al dictador!». Los manifestantes queman mezquitas del régimen y enarbolan la bandera del León y el Sol. No es nostalgia monárquica; es rechazo total a la República Islámica. La represión siguió una escalada calculada. Hasta el 7 de enero, violencia «contenida». El 8 de enero, coincidiendo con el apagón total de internet, se desató la masacre. Testimonios describen rifles de asalto y vehículos blindados disparando contra multitudes. Un médico relató que un niño de cinco años fue alcanzado en brazos de su madre. Los arquitectos son el ala dura del IRGC y el jefe del poder judicial, Mohseni-Ejei, a quien se atribuye: «Si queremos hacer algo, debemos hacerlo ahora y rápido». Esa lógica de «ahora o nunca» refleja el pánico de un aparato que sabe que cada día de protesta erosiona la obediencia de sus propias tropas.

Hay un fantasma en los pasillos del poder en Teherán: 1979. La revolución que derrocó al Shah fue una coalición heterogénea de liberales, nacionalistas, comunistas, estudiantes y clérigos. Jomeini «surfeó» esa ola y luego devoró sistemáticamente a sus aliados. Lo que observamos hoy presenta paralelismos importantes. Las protestas han unificado sectores que raramente convergen: estudiantes de clase media, obreros industriales, comerciantes hastiados de corrupción, minorías étnicas –kurdos, azeríes, árabes, baluchis– que sufren doble opresión, la de no ser persas y no ser chiíes. La represión especialmente bestial contra las mujeres que reivindican sus derechos y rechazan el velo obligatorio, y una generación Z completamente refractaria al sistema. Incluso sectores del clero tradicional (no solo moderados, un creciente número de conservadores) guardan un silencio elocuente. La diferencia crucial: esta coalición excluye a quienes entonces lideraron. No hay liderazgo clerical; hay rechazo visceral al turbante político. Si el régimen cae, será para enterrar definitivamente el islamismo yihadista en el poder, y para que Irán deje de ser un cáncer revolucionario obsesionado con exportar su «modelo».

La variable estadounidense

Trump ha multiplicado advertencias: «Estamos listos», «la ayuda está en camino». El movimiento de activos militares desde la base de Al Ubeid en Qatar y la «limpieza» del espacio aéreo iraní de tráfico civil sugieren que la opción militar no es mera retórica. La pregunta estratégica es: ¿qué consecuencias tendría un ataque? Algunos analistas sostienen que endurecería al régimen, permitiéndole invocar la amenaza exterior para cerrar filas, insistir en que las protestas son la «quinta columna» del enemigo, y justificar una represión aún más salvaje. Otros arguyen que el régimen está demasiado debilitado para beneficiarse de la reacción contra los posibles ataques. Con su legitimidad pulverizada y su población sublevada, ataques quirúrgicos contra la infraestructura de poder del régimen y de la IRGC se podría acelerar la implosión.

La realidad se sitúa probablemente entre ambos extremos. Un ataque masivo galvanizaría apoyo al régimen; ataques selectivos contra el aparato represivo podrían debilitarlo sin generar una reacción de orgullo nacionalista. La clave está en evitar que la intervención se convierta en la narrativa principal que ahogue el grito de libertad del pueblo iraní. El desafío no es sólo derribar a los ayatolás, sino evitar que el vacío de poder sea ocupado por los más fanáticos aún apoyados por la sanguinaria IRGC.

Escenarios a corto plazo

Lo más probable es una escalada represiva selectiva: redadas sobre nodos de comunicación, asaltos a domicilios conectados a Starlink, ejecuciones ejemplares. El régimen intensificará el bloqueo electrónico.

No hay que descartar que active sus proxies terroristas –Hezbolá, milicias iraquíes, hutíes e incluso Hamás– para cambiar el foco mediático mediante provocaciones en el Golfo o ataques contra intereses estadounidenses o israelíes.

La posibilidad de fractura interna –deserciones en mandos intermedios, negativa de unidades a disparar– requeriría que la presión popular se sostenga. El verdadero punto de inflexión será cuándo parte de la oligarquía opresiva decida que seguir atados al cadáver del régimen es más peligroso que negociar su supervivencia en un Irán post-islamista.

Conclusión: la hora de la verdad

El régimen de los ayatolás enfrenta un desafío existencial que ataca su mismísima razón de ser. Un sistema construido sobre el miedo, el islamismo yihadista de Estado y la exportación del terror no puede sobrevivir eternamente y la transparencia es tóxica para la represión sanguinaria. La estructura del poder iraní ha demostrado estar dispuesta a sacrificar a miles de sus hijos para mantenerse en el trono. Los más de 15.000 muertos –cifra que sigue aumentando– no son daños colaterales; son el precio que los verdugos pagan por su supervivencia. Este régimen mantendrá su «black-out» total para reprimir a sangre y fuego sin testigos. El pueblo iraní no quiere reformar el sistema; quiere enterrarlo. La intervención del ministro de exteriores iraní Araghchi en Fox News, con sus delirantes teorías sobre agentes del Mossad, y de la vecina Azerbaiyán es un argumento disparatado de mala película serie B de espías.

Pero la incredulidad sin consecuencias es estéril. Occidente debe decidir si quiere ser testigo indignado o actor eficaz. Debemos prepararnos para el día después: el vacío de poder en un Irán libre de este abyecto régimen podría ser tan peligroso como la agonía de la bestia herida. La historia es implacable con quienes confunden prudencia con pasividad. La tiranía yihadista existe, y su derrota comienza por llamarla por su nombre y negarle la impunidad del silencio. La condena moral sin presión real no es diplomacia cautelosa; es complicidad vergonzante y cobarde.

Y cuando la sangre de los mártires iraníes clame justicia ante el tribunal de la historia, ninguna declaración servirá como coartada para quienes pudiendo actuar eligieron mirar hacia otro lado. El pueblo iraní ha decidido que prefiere morir de pie a vivir de rodillas. ¿Estará Occidente a la altura de ese sacrificio? s

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