Al decir adiós
Hoy será un día de dolor. Todo o casi todo el mundo lo sabe. Hoy será un día de dolor, pero de un dolor distinto. Hoy, viernes, será un día donde en todos los municipios de Cuba las personas pasarán frente a la imagen de los 32 cubanos caídos en Venezuela.
Es una continuación de las jornadas de ayer, cuando se les vio llegar por el televisor o en el celular; pero la diferencia está en que hoy será el adiós definitivo.
En ese espacio, los rostros estarán contraídos. De seguro que habrá muchas preguntas. Ellas siempre aparecen cuando llegan los desgarramientos y ellas surgen porque hay muchos tipos de dolor. Hay algunos que desploman, que salen con fuerza y es necesario gritar, llorar, llorar sin penas, sin importar si te ven o no, o si dicen algo o guardas silencio.
Hay otros donde esas mismas lágrimas, esos gritos, ese llanto se vuelca hacia adentro y entonces en el pecho sientes un ardor, que solo tú conoces. Quizás otros lo han vivido, y dicen que sí. Que lo conocen porque lo sintieron y tú, a lo mejor dices que sí, pero al final, en lo más íntimo, sabes que no; que este es diferente porque es el tuyo, el que por dentro te toca las fibras que solo tú sientes. Y eso lo sabes solo tú, nadie más.
Por eso es difícil hablar por los familiares de los caídos. Es duro hablar por esa madre, por ese padre, por esos hijos y hermanos que vivieron el desconcierto de las primeras horas, que llamaron a alguien para saber de su ser querido, que en silencio abrigaron la esperanza de que la muerte no era verdad y, al final, llegó la noticia.
Pero hay otro tipo de dolor que es distinto por completo. No es el dolor que desploma, no es el dolor que avasalla, no es el dolor que renuncia, ni mucho menos el dolor que te aleja.
Quizás sea el último en aparecer; porque este es un dolor muy callado. Es un dolor que impulsa, que convence en silencio, que da fuerzas. Es un dolor que no te hace sentir solo y con el que no resultan necesarias las palabras. Con él bastan solo las miradas. Basta solo conocer. Basta solo percibir que eres parte de esas lágrimas, de esa ausencia. Basta solo sentir que te reconoces en esos gestos, en esa respiración que agranda el pecho.
Y entonces cuando vayas a caminar hacia ese lugar, antes de verlos, vas a descubrir que sí. Que el dolor lacera, pero también acompaña. Y en medio de este aire de invierno, en medio de ese silencio, en medio de tantas preguntas que se vuelven a hacer a pesar de que conoces las respuestas, en medio de todo, te vas a convencer que hoy, en el día del adiós, esos 32 rostros no están solos.