Caos en el tablero geopolítico
Un mundo en orden necesita estabilidad, certidumbre y reglas claras. Esa es la infraestructura invisible de la economía global y de la seguridad: cuando las reglas son previsibles, los riesgos se calculan; cuando cambian por capricho, el mercado se cubre y crece la ansiedad.
Los manuales de estrategia —y el ajedrez lo confirma— repiten lo básico: no juegues a ciegas en varios flancos; simplifica; y cuida la coherencia entre lo que anuncias y lo que haces.
Lo singular de este momento es ver a Trump, con la mayor economía y el aparato militar más potente del planeta, mover piezas como si el tablero fuera un show de blitz. Hay amenazas simultáneas, mensajes cruzados y un estilo que vuelve a Estados Unidos el gran productor de incertidumbre.
Fareed Zakaria lo plantea sin rodeos: el poder estadounidense nunca fue solo fuerza en solitario; fue, sobre todo, la coordinación de alianzas que multiplicaban su influencia —OTAN, socios en Asia, acuerdos comerciales, estándares financieros y tecnológicos—.
Ese entramado convertía músculo en legitimidad. Cuando Washington trata a sus aliados como peones sacrificables, se queda sin su mejor pieza: la confianza.
Thomas Friedman subraya el costo de largo plazo: cada amago errático y cada frente abierto sin plan de salida debilitan a Estados Unidos justo donde se define el campeonato, en el duelo con China: cadenas de suministro, talento, inversión, estándares y alianzas.
En una partida que se gana por coordinación, Trump apuesta por golpes tácticos que dejan a Washington más solo y a Beijing con más espacio para presentarse como socio “predecible”.
Trump insiste en “tomar control” de Groenlandia por seguridad nacional, aun siendo territorio del Reino de Dinamarca, miembro de la OTAN. La respuesta: tropas europeas llegan para ejercicios y presencia disuasiva; Francia se suma a maniobras para respaldar a Dinamarca y reforzar el Ártico.
En el tablero atlántico es una jugada inédita: aliados ensayando cómo blindarse ante el riesgo de que su socio mayor los desafíe. Eso erosiona el corazón de la OTAN.
Trump ha vuelto a afirmar que quien frena un acuerdo de paz no es Putin, sino Zelenski; el Kremlin lo celebró de inmediato.
El efecto práctico es dividir el frente occidental y debilitar a Ucrania, dejándola sin espacio para moverse entre desgaste militar y presión política.
En Venezuela, la partida pasó del discurso al golpe de tablero: una operación militar capturó a Nicolás Maduro, y Trump habló de “dirigir” temporalmente el país y tomar sus reservas petroleras.
Ahora la Casa Blanca ensaya un entendimiento con el régimen autoritario encabezado por Delcy Rodríguez para “ordenar” la transición. El riesgo es conocido: descabezar sin desmontar —la lección de Irak tras Saddam— puede abrir un vacío ingobernable.
Sin embargo, la humillación —y autohumillación— de María Corina Machado, la figura con mayor legitimidad del movimiento democratizador, es deprimente.
En Irán, la contradicción es de fondo: el hombre que presume “acabar con las guerras” llega con poca autoridad moral para presentarse como protector del movimiento liberador iraní, cuando hace apenas meses bombardeó sus instalaciones nucleares, aunado a que sus movidas en Venezuela y Groenlandia no se evalúan como defensa de valores, sino como captura de recursos.
Así, cuando Trump amenaza con “intervenir” si Teherán intensifica la represión, su reina llega resquebrajada.
A México la presión llega como una amenaza de movilizar fuerzas estadounidenses en operativos contra laboratorios de fentanilo, mientras la presidenta reitera que no aceptará intervención militar.
Y mientras se tensan los reflejos soberanos, se contamina la economía: la revisión del T-MEC asoma como terreno de presiones cruzadas (migración, seguridad, energía), con el riesgo de que la revisión se parezca a una renegociación bajo amenaza.
Minneapolis. El caos ya no es solo externo: el tablero doméstico se volvió escena de ocupación. Agentes federales de inmigración patrullan como fuerza de choque y han detonado resistencia cívica sostenida: protestas, redes de alerta y demandas para frenar operativos arbitrarios y desproporcionados.
Trump dobla la apuesta: amenaza con invocar la Insurrection Act y despachar a la Guardia Nacional si Minnesota “no controla” la situación.
El caos puede dar a Trump y su camarilla ventajas tácticas —dominar la agenda, intimidar, obligar a negociar desde el susto—, pero es una mala apertura para una potencia que pretendiese mandar en un orden basado en reglas.
En ajedrez, la jugada inesperada suele esconder un error posicional: cuando la superpotencia deja de producir certidumbre, el mundo entra en una partida más peligrosa, con más piezas sueltas y menos cooperación. Y ese, al final, nos puede dar a todos en la torre.