«La bicicleta de Bartali»: nunca nos cansaremos de revivir la hazaña del gran ciclista
La rivalidad entre Gino Bartali y Fausto Coppi –que en realidad no fue tal: ahí está la mítica instantánea del bidón de agua, ¿quién se lo da a quién?, subiendo el Télégraphe para desmentirlo– trascendió el ámbito ciclístico y deportivo, y dividió a los italianos de posguerra –años 40 y principios de los 50– entre partidarios de un corredor u otro según sus creencias religiosas, su ideología o su clase social. «Il Campionissimo» Coppi representaba la Italia progresista, laica y hasta comunista; mientras que «Il Ginettaccio» Bartali era símbolo de lo tradicional, lo humilde y lo religioso.
Hasta Mussolini quiso apropiarse de su figura enviándolo como mascarón de proa de su fascismo a ganar un Tour de Francia. Sin embargo, más allá de las etiquetas y de un enfrentamiento «forzado», Coppi y Bartali, leyendas del ciclismo transalpino y mundial, llegaron a ser amigos.
Hasta muchos años después de su retirada de las carreras –ya era un anciano con Alzheimer– no se conoció lo que el «fascista» Bartali hizo durante la guerra (él siempre lo guardó con el celo que sólo proporciona la humildad): dedicó dos años de su existencia a salvar la vida de ochocientos judíos. Para ello se valió de su bicicleta, donde escondía la documentación necesaria para sacarlos de Italia.
Ahora, esta película de animación viene a contar de otra manera –más orientada a dotar de valores a los jóvenes– la misma hazaña del héroe nacional italiano. «La bicicleta de Bartali» está dirigida por Enrico Paoloantonio.