Cuando la humanidad, o al menos una parte de ella, entendió que la libertad consistía en obedecer la ley y no al hombre, a códigos escritos que se mantienen en el tiempo y no al voluble capricho del poderoso, hubo un gran avance democrático. Cumplir la ley en la vida pública permitía, en la esfera privada, rezar al dios que se quisiera, nutrirse de buenas y malas ideas con toda suerte de lecturas, defender cualquier idea política, incluso las más radicales, y tener estrambóticos o convencionales proyectos de vida. Si a la ley se añadía la Constitución, los procedimientos, las instituciones, la división de poderes, los partidos políticos, los códigos de conducta y la opinión pública, teníamos Estado de derecho,...
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