Tendemos a confundir ser optimistas con ser positivos. El optimismo es la esperanza y una disposición psicológica a esperar lo mejor, mientras que ser positivo es una actitud y una habilidad para actuar de forma consciente y proactiva ante lo que venga. Durante mucho tiempo se pensó que el optimismo y la positividad eran rasgos de personalidad. Y sí, también se puede ser así desde siempre y para siempre, pero igualmente se puede entrenar al cerebro para que la visión y la disposición ante situaciones poco halagüeñas nos sean más favorables. Eso sí, siempre con resiliencia, voluntad y práctica, porque a nivel psicológico nada nos viene caído del cielo y el aprendizaje es esencial. Es cierto que nuestras experiencias de vida cuentan como base para pensar y actuar automáticamente de una determinada manera, manteniendo expectativas positivas o negativas y anticipando lo que nos sigue ocurriendo. La psicología y la neurociencia han demostrado que el cerebro es plástico. Hablamos de neuromodulación y neuroplasticidad, lo que significa que podemos cambiar, reorganizar y aprender nuevos patrones emocionales y cognitivos. Podemos entrenar el cerebro como a un músculo: con repeticiones, voluntad y tesón. Ser optimista no implica negar los problemas, sino interpretarlos de una forma que favorezca la adaptación, la capacidad de actuar y el bienestar. Las personas optimistas presentan, a nivel cerebral, diferencias en tres zonas clave: Corteza prefrontal Es la que regula el pensamiento racional, la toma de decisiones y la reinterpretación de los eventos. En personas optimistas está más activa cuando aparecen dificultades, lo que les permite pensar: «Esto es difícil, pero puedo manejarlo». Esta zona también está muy activa en el TOC. Amígdala La amígdala se encarga de escanear amenazas. En personas pesimistas suele estar hiperactivada, generando miedo, anticipación negativa y, por tanto, ansiedad. No me canso de repetir que somos biología y psicología a la vez. El optimismo se asocia con una amígdala más regulada, y la persona positiva entra en acción porque no consiente ese pensamiento negativo que le mina el día. Sistema de recompensa (dopamina) Las personas optimistas tienen mayor activación en los circuitos de motivación. Anticipan buenos resultados o, al menos, no anticipan catástrofes, lo que les permite estar más tranquilas y persistir más. El cerebro aprende lo que repetimos Las conexiones neuronales que más se repiten se fortalecen. Si una persona repite pensamientos como «Todo saldrá mal», «Siempre fracaso», «Nada cambia», está entrenando su cerebro para detectar peligro y frustración, y esa se convertirá en su forma automática de pensar. Pero si repite «Puedo aprender de esto», «Esto es temporal», «Hay soluciones», lo que hace es reconfigurar sus conexiones neuronales para convertirse en alguien optimista. Y como veis, repitiendo y con esfuerzo, se consigue, sí o sí. El optimismo psicológico no es pensamiento mágico; es la expectativa realista de que el futuro puede mejorar y de que uno tiene influencia sobre él. No es negar la realidad, sino interpretarla de manera constructiva. Cómo entrenar el cerebro para ser optimista y positivo Hay que tener mucha conciencia de lo que pensamos y de cómo nos hablamos: es el autolenguaje. Cada vez que aparezca un pensamiento negativo, pregúntate: ¿Esto es 100 % cierto?, ¿qué diría alguien que me quiere?, ¿qué otra interpretación existe? Este proceso fortalece la corteza prefrontal y debilita la amígdala (la del miedo y la ansiedad). Cambia «No puedo» por «Estoy aprendiendo», «Es horrible» por «Es difícil, pero manejable». Intenta centrarte en el momento presente, en lo que estás viviendo ahora mismo. Deja de anticipar qué pasará mañana, porque eso es adivinar y, en alguien pesimista, siempre se imagina algo malo. Lo pasas mal sin poder cambiar ni controlar nada. ¿Te das cuenta? Enfréntate a los problemas en vez de meterte en el caparazón por miedo a que ocurra lo peor. Si no, seguimos anticipando. ¿Te das cuenta? Date cuenta cada día de cuántas cosas bonitas y buenas te han pasado. No les quites importancia, porque si te han hecho sentir bien, son muy valiosas. Escríbelas para intentar repetirlas en otros momentos y tener una lista a la que recurrir cuando no sepamos cómo salir de un pozo o de un bucle mental. Esto aumenta la actividad de la dopamina y la serotonina. Imaginar escenarios en los que te salen bien las cosas y en los que tienes control activa los mismos circuitos que vivirlos. El cerebro no distingue entre lo que nos pasa de verdad y lo que pensamos; por eso la insistencia en pensar en positivo y repetirlo, para que el cerebro «se lo crea». Ponte metas alcanzables y reconoce los acercamientos a ellas en lugar de centrarte solo en la no consecución. El sueño, el ejercicio y la nutrición influyen directamente en la química del optimismo (dopamina, serotonina, BDNF). Y también sueña, ilusionate, imagínate sin miedo con aquello que te gusta, pero sin añadir expectativas ni posibles frustraciones. Imagínate libremente en la situación o con la persona que te hace sentir bien, sin aplicar un logro, solo disfrute. Eso cuenta en ese momento para elevarte y provocar una sonrisa interior. El optimismo es una medicina contra la depresión Las personas optimistas: Se recuperan más rápido del estrés Tienen mejor sistema inmune Persisten más ante los fracasos Son más creativas y resilientes El optimismo no es ingenuidad; es una estrategia evolutiva real para sobrevivir y seguir adelante. Ser optimista no es ser «iluso», es contemplar posibilidades, tener esperanza en momentos de crisis. La desesperanza y el pánico solo fomentan la indefensión, la paralización y la enfermedad. La resiliencia nos empuja, nos protege y nos refuerza, dándonos más confianza y aumentando nuestra autoestima. Nuestro cerebro no está diseñado para ser feliz de forma espontánea ni automática, sino para sobrevivir. A vivir se aprende con la voluntad de decidir cómo caminar ante los problemas, cómo afrontarlos sin miedos, esos que nos frenan y nos estancan incluso durante años. Pero gracias a la neuroplasticidad, podemos enseñar a nuestro cerebro a interpretar la vida de una manera más luminosa. Ser positivo y optimista es una habilidad aprendida. Y como toda habilidad, mejora con práctica y con voluntad.