Más sobre la revancha del sentido común: cuando el crecimiento no depende del Estado
Más sobre la revancha del sentido común: cuando el crecimiento no depende del Estado
A raíz de mi última columna Predicciones 2026: La revancha del sentido común en Occidente, surgió una afirmación cuestionable: que Estados Unidos creció porque aumentó el gasto público. Esta aseveración exige una evaluación más cuidadosa: analizar qué tipo de gasto creció, por qué y qué fue lo que realmente impulsó el crecimiento económico estadounidense en 2025.
Es cierto que el gasto público federal aumentó en términos nominales. El error está en aceptar el dato sin descomponerlo. La tesis de este artículo es que el crecimiento de Estados Unidos ocurrió a pesar del arrastre de gastos heredados y gracias a una orientación más disciplinada en la gestión fiscal, en el empleo y en los incentivos económicos.
Un primer argumento consiste en equiparar aumento del gasto público con expansión deliberada del Estado. Si observamos la composición real de los outlays federales podemos distinguir entre gasto discrecional y gasto inercial. En el lenguaje de las finanzas públicas estadounidenses, los outlays representan el gasto efectivamente ejecutado por el gobierno federal durante un año fiscal. Incluyen tanto pagos obligatorios —pensiones, salud y servicio de la deuda— establecidos por ley, como gastos discrecionales —defensa, agencias civiles y programas operativos— que dependen de decisiones políticas. Esta distinción es clave, pues una parte significativa del gasto responde a compromisos heredados que el gobierno está obligado a honrar, independientemente de su orientación económica.
Según los datos del Monthly Treasury Statement, desagregados en la Tabla 1, el incremento del gasto federal entre el año fiscal 2024 y 2025 fue de 272 mil millones de dólares. Sin embargo, más del 70 % de ese aumento se concentró en rubros de cumplimiento obligatorio. Los intereses de la deuda explicaron cerca del 43 % del incremento total, reflejando el arrastre de déficits acumulados y las tasas todavía elevadas. A ello se sumó el crecimiento automático de Seguridad Social y Medicare, contribuyentes del 29 %, impulsados por el envejecimiento poblacional y los ajustes inflacionarios obligatorios. En contraste, el gasto discrecional —en defensa como en programas civiles— mostró una variación inferior al 10 % del total del aumento, reflejando una contención real del gasto que sí respondió al control del Ejecutivo.
El siguiente punto del debate fiscal suele estar en los ingresos. Los datos del Monthly Treasury Statement, resumidos en la Tabla 2, muestran que entre el año fiscal 2024 y 2025 los ingresos federales aumentaron en aproximadamente 225 mil millones de dólares. Este crecimiento fue resultado de una expansión de la base económica real. El impuesto sobre la renta personal explicó cerca de 90 mil millones de ese incremento, reflejo directo de mayor empleo privado y consumo sostenido. El impuesto corporativo aportó otros 30 mil millones, señal de rentabilidad empresarial y mayor actividad productiva.
Relevante fue el crecimiento de los ingresos por tarifas y aduanas, que sumaron cerca de 70 mil millones de dólares adicionales. Este rubro, vinculado al comercio exterior efectivo y a una política arancelaria activa, representó casi un tercio del aumento total de los ingresos. A ello se añadieron otros ingresos administrativos y especiales, producto de la normalización en la recaudación. En conclusión, el fortalecimiento de los ingresos en 2025 respondió principalmente a mayor actividad privada y comercio real.
Ahora bien, si el gasto federal aumentó y los ingresos crecieron menos que los outlays, ¿cómo se explica que el déficit fiscal se haya reducido? La respuesta está en la aritmética presupuestaria. Los datos del Congressional Budget Office, sintetizados en la Tabla 3, muestran que el déficit federal pasó de aproximadamente 1.82 billones de dólares en el año fiscal 2024 a cerca de 1.78 billones en 2025, una reducción cercana a 40 mil millones.
Este resultado se explica mediante ajustes concretos, detallados en la Tabla 4. En primer lugar, el fin de programas extraordinarios heredados de la pandemia y de subsidios temporales eliminó alrededor de 55 mil millones de dólares. En segundo lugar, la menor ejecución neta del gasto discrecional —tanto civil como operativo— aportó un ajuste adicional cercano a 20 mil millones. Finalmente, los efectos de calendario y el momento de los ingresos concentrados en la segunda mitad del año fiscal explicaron cerca de 40 mil millones adicionales. Sin estos tres factores, todos dependientes de una orientación fiscal distinta, el déficit habría aumentado.
Luego surge la pregunta central: si no fue el gasto público ¿qué fue lo que realmente impulsó el crecimiento económico de Estados Unidos en 2025? Según los datos del Bureau of Economic Analysis, desagregados en la Tabla 5, el crecimiento del PIB en el tercer trimestre de 2025 —4.3 % anualizado, y uno de los más altos del mundo— estuvo dominado de forma clara por el sector privado. El consumo personal explicó aproximadamente 2.7 puntos porcentuales del crecimiento total, sostenido por empleo privado y confianza del consumidor. A ello se sumó la inversión privada, que aportó cerca de 0.8 puntos porcentuales, señal de expectativas favorables y mayor disposición empresarial a comprometer capital. Las exportaciones netas contribuyeron con alrededor de 0.5 puntos, mientras que el gasto del gobierno federal, estatal y local aportó apenas unos 0.3 puntos porcentuales.
Esta composición es decisiva para entender la naturaleza del crecimiento observado. No se trató de una expansión empujada por estímulos fiscales ni por gasto público masivo, sino de una dinámica liderada por consumo e inversión privados, con el Estado acompañando de forma marginal.
A esta lectura retrospectiva se suma una señal prospectiva relevante. Modelos de proyección en tiempo real como el GDPNow de la Reserva Federal de Atlanta estimaron a finales de diciembre de 2025, que el crecimiento del PIB real en el cuarto trimestre podría alcanzar una tasa anualizada cercana al 5.4 %, muy por encima de las previsiones iniciales. No es una cifra oficial definitiva, pero su importancia radica en la dirección señalada: una aceleración adicional del crecimiento impulsada nuevamente por componentes privados, no por gasto público. De confirmarse este resultado reforzaría la interpretación de que la expansión de 2025 no fue un rebote aislado ni un artificio fiscal, sino una dinámica consolidada a lo largo del año. Imaginemos qué podría ocurrir si esta tendencia se mantuviera durante los próximos tres años.
El mercado laboral aporta una confirmación adicional. Los datos del Bureau of Labor Statistics, resumidos en la Tabla 6, muestran que a lo largo de 2025, el empleo federal disminuyó en un rango estimado de 40 a 50 mil plazas, mientras que el sector privado creó aproximadamente 2.1 millones de nuevos puestos de trabajo en el mismo período. La relación resultante —alrededor de 42 empleos privados creados por cada empleo público eliminado— no describe una contracción del mercado laboral, sino una reasignación. El ajuste del Estado no expulsó trabajadores al desempleo; el mercado los absorbió con rapidez, señal de una economía capaz de generar oportunidades sin depender del presupuesto público como principal empleador.
La evidencia de 2025 muestra que el crecimiento no provino de un Estado expansivo, sino de un contenedor del gasto, permitiendo que el sector privado hiciera su trabajo. El gasto público se contuvo, los ingresos aumentaron y el déficit empezó a corregirse por su orientación fiscal. El resultado fue una economía en crecimiento, creadora de empleo privado y capaz de recuperar dinamismo en un contexto internacional adverso.
Esta evidencia confirma que la república funciona cuando el Estado es fuerte en lo esencial y prudente en lo demás; cuando no sustituye al ciudadano ni a la empresa, sino que garantiza reglas, estabilidad y responsabilidad. Para países como Guatemala, atrapados entre la tentación del populismo y la inercia del estatismo ineficiente, la lección es clara: el crecimiento sostenible no nace del presupuesto, sino de la libertad económica, el trabajo productivo y la disciplina fiscal. Ese es, en última instancia, el verdadero sentido común que hoy empieza a recuperar Occidente.
Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción: Factoría Libertatis
Tablas y Referencias