Muere a los 84 años Aldrich Ames, el agente que traicionó a la CIA y sentenció a muerte a decenas de espías
Aldrich Ames, exoficial de contrainteligencia de la CIA, la Agencia Central de Inteligencia, y responsable de una de las mayores filtraciones de información en la historia del espionaje estadounidense, murió el lunes en una prisión federal de Maryland, según confirmó la Agencia Federal de Prisiones. Ames cumplía una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional tras declararse culpable en 1994 de espiar para Moscú durante casi una década.
Con 31 años de carrera en la CIA, Ames tuvo acceso a información extremadamente sensible. De acuerdo con las autoridades estadounidenses, comprometió más de 100 operaciones de inteligencia y entregó a la Unión Soviética los nombres de agentes dobles que trabajaban para Washington. Al menos una decena de ellos fueron ejecutados o murieron en prisión como consecuencia directa de sus revelaciones.
El espionaje de Ames estuvo motivado principalmente por razones económicas. Recibió más de 2,5 millones de dólares a cambio de información clasificada, dinero que financió un estilo de vida lujoso que incluyó una casa pagada en efectivo, un automóvil Jaguar y cuentas bancarias en el extranjero. Aunque hubo múltiples señales de alerta -exámenes de polígrafo fallidos, alcoholismo y enriquecimiento inexplicable-, la CIA no actuó a tiempo y continuó asignándole cargos de alto nivel.
Durante sus años en prisión, Ames reconoció haber entregado "virtualmente todos los agentes soviéticos conocidos por la CIA" , aunque intentó relativizar el daño causado. Su caso impulsó profundas reformas en los sistemas de control interno y en la contrainteligencia de Estados Unidos, conviertiéndose en una referencia obligada sobre los límites y coste humanos del espionaje en tiempo de crisis y enfrentamientos globales.
El caso Ames tuvo profundas repercusiones políticas e institucionales. Dañó gravemente la credibilidad de la CIA, provocó la renuncia de su entonces director y tensó las relaciones entre Washington y Moscú en un período de transición tras el fin de la Guerra Fría. Décadas después, su nombre sigue siendo sinónimo de traición y de los riesgos estructurales del espionaje, recordando el alto costo humano y estratégico de una sola fuga de información.