Sevilla es la ciudad de los contrastes, con cabida para todo . Es capaz de pasar de una fiesta en plena calle para anunciar la llegada de los Reyes Magos, o lo que es lo mismo, la Epifanía, la adoración al Niño Dios, a la solemnidad y recogimiento, a escasos metros de distancia, con el Señor de Pasión en El Salvador. Esto solo se entiende en esta tierra, que tiene un mismo fin: venerar a Cristo y a la Virgen por encima de todo. Es para muchos la ciudad de los sueños, la que busca la perfección año a año. Mientras el Heraldo Real recorría las calles del centro para ir al Ayuntamiento y pedir la venia para la llegada de los Reyes Magos, recibiendo así las llaves de Sevilla, en la Colegial del Salvador se celebraba la eucaristía ante el Señor de Pasión , ataviado de majestad, en el marco del retablo de Cayetano de Acosta, en la capilla sacramental. El templo estaba a rebosar, como en pocas ocasiones se recuerda en este culto, señal inequívoca de lo que está por venir y de que cada vez existe más masificación de cualquier ámbito en las tradiciones. Eso sí, el saber estar se cumplió a rajatabla. Concluida la eucaristía, la comitiva, iniciada por la cruz alzada, comenzaba a dar luz al Señor por las naves de la Colegial. Sonó el llamador y se iniciaba el traslado, en un templo que iba quedando, poco a poco, con menos iluminación: la perfecta, esa mezcla entre la oscuridad y el poder admirar a la imagen. Los cantores aportaban una solemnidad perfecta al acto , acompañada de la oración cada vez que las andas quedaban detenidas. El Señor de Pasión caminaba hacia el altar mayor, majestuoso, avanzando con serenidad entre la oscuridad tenue que envolvía la Colegial, sobre todo en la nave central, mientras los hermanos, con sus cirios, iban dando luz al Nazareno, que alcanzaba el presbiterio entre el silencio y la devoción de los presentes. Con el Padrenuestro concluía el traslado del Señor de Pasión, una talla imponente y perfecta, que lleva sobre sus hombros el peso de nuestra humanidad y nos enseña a cargar nuestras cruces con fe y esperanza. Él ilumina el caminar de los creyentes, fortalece el corazón y nos hace testigos de su amor, para mostrar al mundo que debemos caminar con humildad, entrega y devoción.