La comparecencia del pasado miércoles de Santos Cerdán ante la comisión de investigación marca un hito en la patología política de nuestro tiempo. Al calificar el procedimiento como un proceso «propio de la Inquisición», tras su paso por prisión y el cerco de los informes de la UCO, el poder no solo elude su responsabilidad, sino que activa un mecanismo de supervivencia dialéctica: transformar al investigado en mártir para no responder ante la evidencia técnica. Desde la sociología del lenguaje, el uso de marcos simbólicos medievales busca deslegitimar las instituciones de control. Cuando los datos de la Guardia Civil son contundentes, el poder abandona la defensa jurídica y abraza el victimismo institucional. Se alega una persecución de personas para ocultar la investigación de presuntos delitos, sugiriendo que el Estado de Derecho ha mutado en un órgano de censura arbitraria. Esta estrategia profundiza en una peligrosa anomia social. Si quienes ostentan la máxima autoridad declaran que las garantías democráticas han muerto, el ciudadano queda huérfano de referentes. Lo que presenciamos es el atrincheramiento de una estructura que, ante su propia fragilidad ética, prefiere dinamitar la confianza en el sistema antes que someterse al mapa de la verdad. El recurso al fantasma inquisitorial no es más que una cortina de humo para tapar una realidad incómoda: la degradación de una casta que confunde la inmunidad con la impunidad, dejando al sistema en un estado de enfermedad institucional crónica. Carmen Núñez Cuenca. Madrid A pocos días de Navidad, el bombardeo constante de anuncios navideños con temáticas idílicas y emocionales se hace imparable. La realidad, sin embargo, dista mucho de esas imágenes en las que montones de familiares y amigos se reúnen alrededor de mesas perfectamente decoradas. La Navidad que no sale en los anuncios es la realidad de muchos. Esa Navidad que refleja mesas con sillas vacías, platos sencillos que no son muy diferentes a los de cualquier otro día. La Navidad que no sale en los anuncios es, por ejemplo, la de familias que deben explicarle a sus hijos pequeños cuál es «la verdadera magia» ante la imposibilidad económica de afrontar los gastos de estas fechas. Y no, no es un caso aislado. No son una minoría; son muchos los trabajadores y trabajadoras que, a pesar de tener empleo, están sumidos en la pobreza. La festividad navideña que sale en los anuncios es la que te obliga a ser feliz en diciembre. Como si al llegar este mes se concediera una moratoria al duelo, como si los problemas se aplazaran o fuera posible conciliar con esas fiestas «familiares» que se venden en la televisión. Estas y otras realidades no forman parte del relato navideño. Al final, por mucho que los anuncios sean el escaparate de la felicidad ajena, la Navidad es para todos... menos para muchos. Marta Gómez Salvador. Barcelona