Noche fría y no sólo en lo meteorológico para recibir al Madrid de Xabi Alonso en Bilbao. Una cita «especial» durante la temporada. Sobre todo para la gente de seguridad del club, acostumbrada a revisar alguna mochila y quitar algún tapón de botella, pero no a tener que indicar a nadie por donde entrar al campo. Normalmente quien acude a San Mamés, el principal acontecimiento social de la ciudad, sabe a donde ir. Este miércoles no, pues a diferencia de otros partidos se veía en los exteriores del estadio más de una camiseta completamente blanca asomando entre los chaquetones. «Hoy nos tienen que pagar un plus por acomodadores», comentaban varios con el peto amarillo a la entrada. Ya en el interior, la salida de los visitantes al césped para calentar era recibida con una pitada normal. Normal porque todavía había pocas gargantas en la grada. Pese a ser un día «especial», hay tradiciones que no se rompen, y la afición del Athletic está acostumbrada a apurar los 'zuritos' en los bares que rodean La Catedral. Antes del pitido inicial, espectáculo de luces reservado para los partidos 'Champions' y un tifo 360º con los colores rojiblancos que sólo dejaba al descubierto la pequeña esquina del último anillo donde se ubica la afición visitante, la que mejor se lo pasó. El Athletic llegaba bien y el Madrid no, con Xabi Alonso cuestionado y la sombra de una decisión de Florentino proyectándose sobre su puesto. Todo eso, más el ambiente de un San Mamés entretenido en gritar a Vinicius, pareció no afectar al equipo. El juego a uno-dos toques dirigido por Bellingham mantenía a Alonso de pie, fuera del área técnica durante toda la primera parte, aunque con apariencia tranquila. Con las manos detrás de la espalda, como el que se asoma a ver los avances de una obra. «Sabemos el momento en el que estamos, en la temporada; todavía queda mucho», había dicho en la previa sobre la posibilidad de su destitución, imitando al capataz que trata de justificar ante el dueño los retrasos en el alicatado. Mbappé hacía 'lo suyo', adormeciendo por primera vez a una grada local que es básica para llevar en volandas a los leones, y Xabi cerraba los puños con rabia. El francés y Vini se divertían, su técnico seguía tranquilo y los clásicos recomendando al brasileño un «balón de playa» empezaban a resonar. «Absténgase de hacer cánticos ofensivos», podía leerse en la pantalla junto a los palcos, mientras la estrella del Madrid daba toques frente a la Herri Harmaila (grada de animación de San Mamés) en el parón antes de lanzarse un córner. El nerviosismo de Ernesto Valverde contrastaba con la actitud de su colega tolosarra. Nico Williams no lograba arrancar y las dos más claras de lo suyos llegaban en las botas de Guruzeta y Berenguer. Courtois se hacía grande y Alonso, todavía de pie, tomaba asiento en el banquillo después de ver, con las manos aún detrás de la espalda, la mejor jugada combinativa del Madrid en lo que va de temporada. Gritos de «madridista el que no bote» fueron la reacción . Poco más. Ya en la segunda parte, Xabi variaba algo su pose, aunque no su actitud. A medida que los grados descendían con la entrada de la noche en la capital vizcaína, de recogidas tras la espalda, sus manos se deslizaban de vez en cuando al interior de sus bolsillos. Las sacó para dar indicaciones a Asencio antes de que saltase al verde , recibido con cánticos de unos pocos deseándole la muerte. «Absténgase de hacer cánticos ofensivos», volvía a escucharse por megafonía. «Vinicius subnormal», respondían a la petición de 'fair play' poco antes de que Mbappé volviese a hacer 'lo suyo'. Cuando Alonso decidió darle descanso, el brasileño asomó tres dedos en referencia el resultado, riéndose y mirando a la grada local. Eso fue lo poco que espoleó a San Mamés, que coreó «tonto, tonto», y que este miércoles tuvo poco más con lo que activarse ante un juego rival que alabó el propio Valverde, resignado en sala de prensa. «En la pizarra me salía todo bien. Siempre piensas que todo va a funcionar, luego el contrario te golpea...», reconocía el 'txingurri', que destacaba no solo la «calidad del Madrid» también su «potencial físico diferencial». Íñigo Lekue, el encargado de frenar (sin éxito) a Vinicius, no quiso entrar en la polémica sobre su relación con la grada, y resumía la sensación que dejaba la visita madridista: «Nos vamos con escozor».