En España sacamos el oro de las piedras. Sólo hay que salir de la gran ciudad unas horas para comprobar esa verdad que podría salvarnos de muchas crisis presentes y futuras. Hace varios lustros, un agricultor vallisoletano así lo entendió: intuía que aquella tierra pedregosa valía más de lo que aparentaba. Los enormes cantos rodados de su finca constituían los restos de un tiempo remoto en el que los ríos, hoy domesticados o desaparecidos, arrastraban montaña abajo la memoria mineral de la meseta. Durante miles de años esos cauces antiguos pulieron las piedras, las redondearon con la paciencia de la naturaleza y las fueron dejando allí, en las llanuras vallisoletanas de Rueda, como quien extiende una alfombra áspera y brillante....
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