Cumple años nuestra Corona, y tocaba reivindicarla con pífano, tambor… y una charla a su altura. Ayer, en el Círculo de Bellas de Madrid, Carlos Aganzo , director del Aula de Cultura ABC , y el periodista Manuel Ventero conversaron sobre el pasado, el presente y el futuro de la Monarquía con motivo de la publicación del último libro del escritor: 'Felipe VI: ¿Qué significa reinar sin gobernar?' (Almuzara). «El Rey representa los grandes valores del Estado y de la ciudadanía. Es símbolo de la mejor España, y eso requiere de una visible ejemplaridad. Más allá de los derechos dinásticos, Felipe VI encontrará su legitimidad 'de ejercicio' en el desempeño ejemplar de sus funciones y en la utilidad de sus actos, pudiendo erigirse en referencia permanente de los ciudadanos y de las instituciones», explicó el autor. En la charla, que navegó entre la actualidad informativa y los recovecos de la legalidad vigente, se trataron temas como el papel de Juan Carlos I durante la Transición . «Su legado es incuestionable. Dejó de ser el Rey absoluto en el que Franco le convirtió para facilitar la transformación de la institución en una monarquía parlamentaria, y dirigir con ello a España hacia el Estado democrático y de derecho en que felizmente nos hemos convertido», explicó Ventero a ABC. El que fuera director general de Radio Nacional de España recalcó también que los aciertos del monarca fueron «muchos y sustanciales» para el devenir de la nación. Pero también fue una tarde para derribar mitos. A lo largo de la conversación, Ventero incidió en que, desde 1978, la labor del rey nunca ha sido gobernar: «La Constitución consagró al tiempo una 'monarquía' y un Estado 'democrático', y esa combinación solo resulta posible cuando el Rey carece de poderes propios. El resultado fue una monarquía 'parlamentaria', la única modalidad compatible con la democracia, en la que su cabeza visible no tiene competencias de libre ejercicio, sino actos debidos». A cambio, afirmó, sí atesora cierta influencia política «inspirada en las funciones clásicas de animar, advertir y ser consultado». A todo ello se suma el valor simbólico y representativo de la institución. «Son estos ajustes los que permiten la deseable armonía entre reino y democracia», finalizó. Uno de los principales activos de la Corona, subrayó, es su neutralidad ante los asuntos políticos: «Al rey parlamentario le corresponde desplegar su capacidad de aconsejar o advertir, de animar o estimular, y aprovechar debidamente la de ser informado. Una vez formado su criterio como jefe de Estado, puede y debe aconsejar en consecuencia, pero siempre con la lealtad y discreción propia del sutil mecanismo de respeto y equilibrio entre poderes». A su vez, Ventero recalcó que este sistema es aplaudido desde el punto de vista social. «Tras la muerte de Franco , la monarquía fue aceptada. No se apreciaba un fervor generalizado, pero sí una convicción de eficacia instrumental que implicaba un compromiso de legitimación progresiva de la Corona basado en la funcionalidad y en el ejemplo. Creo que esa percepción sigue presente». En cuanto al futuro de la Corona, Ventero afirmó que, aunque en principio parece una «institución anacrónica», su «modalidad española es compatible con la democracia, y su preservación en el tiempo requiere de ella una praxis caracterizada por la utilidad y la ejemplaridad». Y dejó un dato para los escépticos: «El país más democrático del mundo, que es Noruega, es una monarquía parlamentaria. Y entre los diez países más democráticos del mundo hay seis monarquías parlamentarias».