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La Lucha por el Sentido: Ingeniería de los Discursos Anti género

En México, la conversación pública sobre violencia de género sucede hoy en un escenario contradictorio: mientras aumentan las denuncias y la visibilidad de las violencias, también crece un ecosistema digital dedicado a cuestionar, ridiculizar o desinformar sobre los avances feministas. En ese espacio expansivo, que va de transmisiones en vivo a clips virales y canales completos de opinión, se consolidan discursos anti género, que han logrado interpelar a una audiencia diversa, en particular a varones jóvenes, aunque no únicamente a ellos.

Estos discursos no aparecen en el vacío. Se inscriben en un clima global donde la reacción contra los avances feministas y de derechos humanos adquiere nuevas formas. En México, este clima se combina con desigualdades estructurales, frustraciones económicas y un malestar generalizado con las instituciones. Ahí es donde el contenido anti género encuentra terreno fértil: ofrece explicaciones simples a problemas complejos, distribuye culpas claras y promete restaurar un orden que, en realidad, nunca existió.

La primera estrategia, quizá la más eficaz, es apelar a la emoción, antes que al pensamiento, movilizando afectos como la indignación moral, el enojo identitario, el miedo a la pérdida de privilegios y la ansiedad por el futuro. Este mecanismo no es nuevo; los regímenes totalitarios del siglo XX lo utilizaron para activar adhesiones rápidas, inhibir el análisis y construir enemigos comunes. Hoy, la indignación opera además como un recurso algorítmico: las plataformas premian el contenido emocionalmente intenso y multiplican su circulación.

Otra estrategia consiste en concentrarse en la excepción y no en la norma. Si miles de mujeres denuncian acoso laboral, el discurso anti género buscará el caso aislado en que la denuncia fue falsa; si se analiza la desigualdad salarial, se resaltará la historia atípica de una mujer que gana más que sus colegas varones. Esta operación traslada la atención del fenómeno estructural hacia la anécdota, diluyendo la evidencia científica con situaciones excepcionales presentadas como si fueran lo común.

También se recurre a la producción de pánico moral basado en falacias argumentativas que presentan al feminismo como un proyecto destructivo, que divide familias, desprecia a los hombres o impone ideologías ajenas. El objetivo no es debatir, sino activar alarmas y fabricar la sensación de que existe una amenaza inminente.

Otra táctica frecuente es la creación de falsos dilemas, donde solo se ofrecen dos opciones posibles: o se defiende la llamada “familia tradicional” o se apoya la supuesta “destrucción de valores”; o se protege a “los hombres buenos” o se cede ante “las feministas intransigentes”. La complejidad social se reduce a una disyuntiva sobre simplificada, útil para movilizar identidades, pero inservible para comprender problemas reales.

También aparece la nostalgia por un pasado inexistente, idealizado como un tiempo más ordenado y seguro. Una época en donde cada quien “sabía su lugar” y donde supuestamente no había conflictos. La historia demuestra lo contrario: ese pasado estaba atravesado por violencias normalizadas —domésticas, sexuales, laborales— que hoy, gracias a décadas de lucha feminista, ya no aceptamos como inevitables. La nostalgia funciona como una estrategia para legitimar jerarquías que se perciben amenazadas.

A estas estrategias se suma la fabricación y circulación deliberada de datos falsos, presentados como evidencia prohibida o incómoda. Se multiplican cifras inventadas sobre denuncias falsas, custodias, becas, ingresos o violencia intrafamiliar. Cuando un dato se repite lo suficiente, se vuelve plausible, aunque sea completamente falso.

Otra técnica central en esta ingeniería discursiva es el uso performativo de una supuesta defensa de la libertad de expresión. Quienes generan este contenido se presentan como voces perseguidas frente a una estructura imaginaria que supuestamente domina el debate público. Esta narrativa permite justificar cualquier mensaje, incluidos los insultos, estereotipos y desinformación, bajo la idea de “decir la verdad que nadie más se atreve a nombrar”.

También destaca la estetización del carisma y del liderazgo aspiracional como formas de autoridad. Influencias que enseñan a “recuperar el control”, “no dejarse manipular” o “volver a ser fuertes” se vuelven referentes para jóvenes que buscan pertenencia. Lo que se ofrece no es información, sino identidad: un paquete emocional que reemplaza la reflexión por adhesión.

Finalmente está la monetización del conflicto como motor narrativo. La polarización genera vistas, las vistas generan ingresos y los ingresos consolidan posiciones cada vez más extremas. La economía de la atención funciona, también, como economía del antagonismo.

Todo esto ocurre en un país donde la violencia de género no es una abstracción, sino una realidad cotidiana: acoso, abuso, feminicidios, desapariciones, violencia política, desigualdad laboral y cuidados no remunerados. Las narrativas anti feministas no solo niegan esta realidad; buscan invalidar las herramientas conceptuales y políticas que permiten combatirla. En un contexto así, la disputa por el sentido es parte de la disputa por la vida.

Desde la academia, y particularmente desde espacios como el Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos (CECRIGE), tenemos la responsabilidad de formar lectoras y lectores capaces de identificar estas estrategias, reconocer las falacias y resistir la seducción de las respuestas fáciles. El pensamiento crítico no es un lujo intelectual, sino una herramienta de defensa ciudadana frente a discursos que lucran con la desinformación y el odio.

En este 25 de noviembre, no basta con conmemorar a las víctimas. Necesitamos nombrar con claridad los discursos que buscan deslegitimar la lucha por la igualdad y entender cómo operan. Identificarlos es el primer paso para desmontarlos; el segundo es no permitir que nos arrastren hacia un debate construido desde la visceralidad. La violencia contra las mujeres se combate también disputando el sentido en el espacio público y defendiendo la posibilidad de pensar con rigor en medio del ruido.

Por Michelle Gama Leyva, Directora del Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismo de la Universidad Iberoamericana.

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