Las manos nos duelen de tanto hacer palmas a las puertas de los juzgados, a la salida de los despachos o delante de los balcones a los que se asoman las víctimas de un 'lawfare' cuya denominación anglosajona y su formulación académica, a comienzos de siglo y en el Carr-Ryan Center for Human Rights de la Universidad de Harvard, no pueden hacernos olvidar su innegable españolidad y su secular arraigo en el folclore patrio, a la altura del tapeo, la siesta o la envidia. Fue Jordi Pujol quien en mayo de 1984, empoderado y desafiante, subido a una caja de cava, salió al balcón de la sede de la Generalitat para hacerse el ofendido por la persecución judicial que sufría...
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