Durante una década, a España le encantó repetir que había cambiado su patrón de crecimiento. Que, tras la crisis financiera, habíamos dejado atrás los viejos vicios de vivir por encima de nuestras posibilidades gracias a importaciones desbocadas y crédito barato. Que la economía se había vuelto más competitiva, más exportadora, más europea. Que la balanza por cuenta corriente era positiva, que España ya no dependía del exterior, se convirtió en un mantra. Hoy ese indicador está empezando a emitir un sonido que conviene no ignorar. El déficit comercial –el viejo agujero negro de nuestra economía– se ha disparado un 51% en los nueve primeros meses del año y ha alcanzado máximos no vistos desde 2008. No es un dato menor....
Ver Más