Emilio lleva un año viviendo en la antigua estación de autobús de Vigo, a solo quince minutos caminando del gran árbol de la Navidad que desde hace días ilumina -parte- de la ciudad. Él, junto a una docena de personas más, malvive al raso en una suerte de campamento que han ido montando con cartones, mantas, plásticos para la lluvia y colchones. Forman parte del centenar largo, según los cálculos de las asociaciones que los asisten, del padrón de sintecho de la ciudad olívica. Ese pequeño porcentaje de población a la que casi nadie mira, con unos derechos cada vez más mermados. Mientras explica sus recorridos cada semana para poder ducharse y comer caliente, Emilio se va aproximando al c...
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