Las elecciones del 16 de noviembre en Chile dejaron un panorama claro, pero profundamente tensionado. Jeannette Jara, candidata del oficialismo, promovida por el Partido Comunista de Chile y única representante de la coalición Unidad por Chile , ganó la primera vuelta, aunque con un resultado que debilitó su posición desde el primer momento: obtuvo solo un 26,85 por ciento, lejos del 32–35 por ciento que necesitaba para proyectar gobernabilidad. Ganó… pero perdió. José Antonio Kast, líder del Partido Republicano, alcanzó un 23,92 por ciento. No fue un resultado arrasador, pero consiguió algo políticamente decisivo: la adhesión inmediata de Johannes Kaiser (13,94 por ciento) y Evelyn Matthei (12,46 por ciento). Esa suma coloca al bloque de derechas cerca del 50 por ciento de cara al balotaje del 14 de diciembre, otorgándole a Kast una posición altamente competitiva, aunque no definitiva. Pero el gran ganador de la jornada fue Franco Parisi, con un 19,71 por ciento que lo posiciona como el árbitro absoluto de esta elección. Su voto refleja el cansancio del electorado independiente, ajeno a las castas políticas tradicionales, y su negativa a endosar apoyos convierte a sus simpatizantes en la pieza más disputada del tablero. Así las cosas, Chile continúa atrapado en una política de blancos y negros. El país se mueve en un péndulo extremo: Bachelet I, Piñera I, Bachelet II, Piñera II y Boric. No hay alternancia virtuosa, sino un vaivén permanente que impide consolidar acuerdos básicos y estabilidad institucional. En este escenario, también perdió el presidente Boric, pues el resultado de Jara representa a un oficialismo fatigado. Como exprecandidato presidencial, sostengo que la segunda vuelta deberá centrarse en cinco urgencias nacionales: seguridad, migraciones, reactivación económica, combate a la corrupción y mejoras reales en salud y pensiones. Pero más allá del programa, la clave será colocar a los chilenos al centro, escuchar al ciudadano de a pie, al chileno invisibilizado que los partidos suelen olvidar. La segunda vuelta será menos un duelo ideológico y más una prueba de gobernabilidad . Jara intentará ampliarse hacia el centro, incluso –según ya se comenta en círculos políticos– con la opción de una renuncia figurada a la rigidez partidaria del Partido Comunista, un gesto destinado a tranquilizar a los moderados. ¿Cómo reaccionará ese elector aún indeciso? ¿Se sentirá seducido por una Jara más autónoma del PC, o considerará el gesto tardío e insuficiente? Ese votante –no los militantes– definirá la contienda. Kast, en paralelo, buscará moderarse para atraer al centro, pero sin ahuyentar a sus bases. Y tampoco puede desconocer que la derecha no posee mayoría ni en la Cámara de Senadores ni en la Cámara de Diputados, por lo que cualquier futuro gobierno exigirá acuerdos amplios. Del gobierno de Boric queda una lección dura: lo que no debe repetirse. Chile, entre miedos y esperanzas, se encamina a una decisión que definirá su rumbo histórico. Si no rompemos la lógica binaria que nos divide, hacia 2030 podría emerger un cisne negro: un outsider independiente nacido del hartazgo. Un liderazgo que ponga, por fin, al ciudadano en el centro.