En la última conversación que tuvimos, comiendo bastante cerca del Museo del Prado, se lanzó, sin venir a cuento, pero con toda la energía imaginable, a divagar sobre Borromini, una de sus obsesiones, concretamente sobre 'San Carlino alle Quattro Fontane'; pronunció una fórmula que ya había empleado en otras ocasiones: «El Barroco vertiginoso». No tenía que explicarme que estaba, en clave alegórica, aludiendo a su propio imaginario, a esas estratificaciones imaginarias que plasmaría en la Tate Modern en conexión con el 'doble nudo' de Bateson, esto es, la esquizofrenia y sus sombras. Juan Muñoz era, ciertamente, uno de los más increíbles cuenta-cuentos con los que he tenido el inmenso placer de cruzarme, con una astucia o, mejor, un ingenio como...
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