Tenemos un par de vecinitos que, de tarde en tarde, llaman a la puerta y se quedan un rato. Entre medias, las madres tomamos un café. Hasta celebramos juntos una Semana Santa. Las dos familias nos habíamos quedado en Madrid. Somos, lo que se dice, vecinos amigos. No sé durante cuánto durará lo primero. Me cuentan que tendrán que mudarse. No pueden afrontar la subida de la renovación del contrato de alquiler . «Cómo lo siento», me sale sin pensar. El nuevo pésame no se da en el velatorio, sino en el rellano. Es la tercera o la cuarta familia del barrio a la que le digo lo mismo desde que acabó el verano. Es un poco pandemia. No hay...
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