Cinco paradas imprescindibles en la Vía de la Plata
Casi 800 kilómetros, cuatro comunidades autónomas y muchos siglos de historia avalan a la Vía de la Plata como una de las más interesantes tanto desde el punto de vista comercial (por lo que surgió) como artístico o histórico. Su origen se remonta a hace más de dos mil años, cuando los romanos construyeron una gran calzada para unir Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga). A través de ella viajaban mercancías, noticias y legiones, conectando el sur y el norte de Hispania.
Con el paso de los siglos, esta vía comercial siguió viva, ya que a diario la recorrieron pastores en la trashumancia, peregrinos hacia Santiago y comerciantes que llevaban los productos del sur hasta el Cantábrico. Hoy, la antigua calzada romana se ha convertido en una ruta cultural y turística que atraviesa Andalucía, Extremadura, Castilla y León y Asturias, y que permite descubrir paisajes muy distintos junto a ciudades llenas de historia.
¿Y la plata?
A pesar de su nombre, la plata no era una de las mercancías que más se transportasen por esta vía. De hecho, el nombre podría derivar de la evolución de una confusión fonética. En la época andalusí se le denominaba al-Balat, que se traducía como camino empedrado (característica de todas las vías romanas). Una mala pronunciación derivó en algo similar a plata y de ahí… lo que conocemos hoy en día.
A pesar de no tener señales en plata, se trata de una ruta con muchísimos puntos interesantes, desde grandes ciudades a pequeños pueblos o resto arqueológicos, pero, en una primera toma de contacto, estas serían las paradas imprescindibles.
Sevilla, punto de partida
Un buen lugar para empezar cualquier ruta es la capital andaluza. Aquí se siente aún el espíritu comercial y viajero que dio origen a la Vía de la Plata, el de las mercancías que llegaban del sur, los oficios, las caravanas y los caminos que unían culturas.
Basta pasear por el casco histórico para entender por qué fue un punto clave desde la época romana hasta el esplendor del Renacimiento. La Catedral, la Torre del Oro o el Alcázar resumen siglos de poder y evolución artística.
Mérida, la huella de Roma
Si hay una ciudad que encarna el espíritu original de la Vía de la Plata, esa es Mérida, la antigua Emerita Augusta, fundada por veteranos de las legiones romanas en el siglo I a. C. Convertida en una de las capitales más importantes de Hispania, fue punto de partida y eje de comunicación hacia el norte.
Hoy, su legado sigue vivo en cada rincón: el teatro y anfiteatro romanos, el puente sobre el Guadiana, el Templo de Diana o el acueducto de los Milagros son solo parte de un conjunto arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad. Pasear por Mérida es viajar veinte siglos atrás sin casi pestañear.
Cáceres, un libro abierto
Desde Mérida solo se han avanzado unos pocos kilómetros por carretera, pero al llegar a Cáceres es fácil sentir que se han recorrido varios siglos. Y no hace falta mucha imaginación para sentirse en otra época. Su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, conserva casi intacto el trazado medieval y una mezcla de estilos que resume la historia de España: murallas romanas, torres árabes y palacios renacentistas se suceden entre unas calles retorcidas y llenas de sorpresas.
Recorrer el casco histórico requiere tiempo ya que es necesario fijarse en cada fachada, cada escudo y cada torre para aprender sobre los habitantes más ilustres de la ciudad. Aquí, una buena guía puede hacer que se pase un recorrido sin más a uno de los que se comentan durante mucho tiempo.
Salamanca, cambio de tercio
La ciudad castellana fue, durante la época romana, una de las principales mansiones (puntos de parada y aprovisionamiento) del itinerario. Por su posición estratégica, la ciudad servía como enlace entre el sur agrario y el norte minero, lo que la convirtió en punto clave del comercio y de la trashumancia. Además, al fundarse su universidad en el siglo XIII, Salamanca se transformó en un centro intelectual dentro de la ruta, lo que reforzó su papel como parada obligada también para viajeros, peregrinos y estudiantes.
Su universidad, una de las más antiguas de Europa, marcó el carácter de esta ciudad que lleva siglos en funcionamiento. Su fachada plateresca, con la famosa rana escondida entre los relieves, sigue siendo el punto de partida de cualquier visita, pero no el único motivo para detenerse. Desde la Plaza Mayor, considerada una de las más bellas de España, hasta las catedrales vieja y nueva, Salamanca conserva intacta su elegancia y ese aire joven que le da el tener a miles de estudiantes siempre rondando por sus calles.
Gijón, el nuevo final
En la época romana, la Vía de la Plata terminaba en Astorga, pero ya en la Edad Media la necesidad de llegar hasta el Cantábrico obligó a que la ruta creciese unos kilómetros más. Hoy, Gijón se considera el punto final simbólico de la ruta y, la verdad, es que lo tiene todo para un final redondo, una ciudad abierta al mar que mantiene vivo ese espíritu de intercambio.
Con su puerto, su casco antiguo en Cimavilla y su paseo marítimo que se extiende hasta la playa de San Lorenzo, Gijón representa la llegada al final del camino, pero también el inicio de otro viaje, el del Atlántico. Una parada perfecta para celebrar el final de una ruta que comenzó hace más de dos mil años y que sigue tan viva como entonces.