Hay que reconocerles un talento inigualable; nocivo, sí, pero inmenso: logran que todos parezcan, en realidad, su antónimo. El soberbio se disfraza de humilde; el verdugo, de víctima; el machista, de feminista; la secuestradora de hijos, de madre coraje; el delincuente, de mártir; el borroka, de idealista; la fontanera, de periodista; el lobo, de cordero. Y el resto –nosotros, los ciudadanos corrientes– quedamos convenientemente catalogados como fascistas. Es un milagro de la retórica posmoderna , capaz de invertir la realidad con solo un eslogan o un tuit. Y así llegamos al fiscal general, que ha pasado de presunto culpable a seguro inocente por obra y gracia de la maquinaria mediática y decisión unilateral del presidente que lo designó, que por...
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