La Navidad no sólo ha tenido un rapsoda, Raphael, sino dos, porque también está el calvo de la lotería, aquel calvo de cráneo nutritivo que resulta que ahora se nos ha muerto. Estas noticias se suelen traspapelar, pero el ABC la ha pillado a modo, y a mí me ha venido un susto, porque la muerte del calvo es más bien el diagnóstico de mi propia muerte. Hace ya veinticinco años que el calvo anunció la lotería, y aquello fue un desmelene. El calvo se llamaba Clive Arrindell, era actor de larga brega, y ha caido en soledad, pobre como un jirón. Yo le he puesto nombre ayer al calvo de mi vida, que nunca necesitó nombre, porque los nombres...
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