Decir la verdad se ha convertido en un ejercicio costoso. Es algo así como hacer abdominales sin practicar, lo más probable es que acabes con agujetas de esas que perforan la barriga con mil agujas. Porque, seamos realistas, ser sinceros supone un esfuerzo. Sobre todo, de coherencia, y a quienes no les preocupa la integridad moral o se mueven en las arenas movedizas de la evasiva, en cualquier momento les pueden dar retortijones de credibilidad, es decir, que su discurso no cuele por mucho argumentario que exhiban. Ejemplos los hay a miles. El otro día, sin ir más lejos, descubrimos que una mujer —sin tener siquiera estudios universitarios— se hizo pasar por médico y trabajó en una clínica y en...
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