Control defensivo del Congreso: el principal propósito de Milei
Sorpresa. Así fue como gran parte de los medios y analistas describieron el resultado de las elecciones legislativas de este domingo 26 de octubre en Argentina.
Un verdadero batacazo electoral que dio el partido del presidente Javier Milei, La Libertad Avanza, contra todo pronóstico.
Después de meses marcados por escándalos de corrupción, divisiones internas, un revés electoral en las elecciones provinciales de Buenos Aires, el fracaso de la candidatura de Espert y un polémico rescate financiero de Estados Unidos, pocos anticipaban un escenario favorable para el gobierno libertario. Pero contra toda expectativa, Milei y La Libertad Avanza logró revertir la tendencia y obtener más del 40% de los votos a nivel nacional, asegurando una importante expansión parlamentaria.
Cierre de campaña de La Libertad Avanza en el marco de las elecciones legislativas en Argentina. Foto: X @JMilei.
Con 93 bancas en la Cámara de Diputados y el apoyo del PRO, Milei alcanza un piso operativo cercano a las 101 bancas, y suma 19 senadores.
Aunque no obtiene mayoría, el gran logro político del oficialismo es haber alcanzado —o al menos rozado— el llamado “tercio parlamentario”, el número “mágico” que le permite bloquear iniciativas opositoras y garantizar el poder de veto presidencial.
Ese fue precisamente el eje del discurso de Milei tras conocerse los resultados. El mandatario habló de un “punto de inflexión histórico” y de la “consagración de su visión de la Argentina”, asegurando que el país comenzaba una nueva etapa de reconstrucción. A nivel económico, sostuvo que “lo peor ya pasó” y que con este nuevo respaldo legislativo se acelerará la recuperación.
En los hechos, el tercio parlamentario transforma a Milei en un presidente con poder de contención.
Sigue sin poder imponer leyes sin negociar, pero sí puede bloquear a la oposición, impedir que revierta sus vetos o que avance con agendas contrarias, como ocurrió con la ley de emergencia en discapacidad o la de financiamiento a las universidades.
Es, en otras palabras, un gobierno que pasa de la fragilidad al control defensivo del Congreso.
El resultado también tiene una fuerte carga simbólica, La Libertad Avanza ganó en 15 de las 24 provincias argentinas, incluyendo los cinco distritos de mayor peso electoral —Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza—, consolidando su presencia nacional y borrando los límites geográficos que antes lo restringían.
Más allá de las cifras, las elecciones funcionaron como un plebiscito al propio Milei. El voto no se concentró tanto en los candidatos legislativos, sino en una pregunta directa, “¿Milei sí o Milei no?”.
Javier Milei, presidente de Argentina ofreciendo un discurso en el fortín de La Libertad Avanza tras los resultados electorales. Vía X@LLibertadAvanza
Y en esa disputa binaria, el libertario logró canalizar una vez más el voto anti-peronista kirchnerista, un voto de rechazo a la clase política tradicional, a la “casta”, como él la denomina.
El voto al partido de Milei fue alimentado por dos factores, el miedo económico y la esperanza en la estabilidad. En sectores medios y populares, existía el temor de que un revés electoral del gobierno provocara un nuevo salto del dólar o una crisis inflacionaria.
El rescate financiero de Estados Unidos, aunque polémico, fue visto por muchos votantes como un salvavidas para su economía doméstica.
La crítica al “intervencionismo norteamericano” no tuvo mayor eco entre quienes sienten que, si eso ayuda a mantener los precios estables, entonces vale la pena.
Y, efectivamente, el gobierno puede mostrar un logro tangible. La inflación, que superaba el 200% hace algunos años, ha caído al 30%, aunque al costo de una fuerte recesión, la paralización del consumo y la pérdida del poder adquisitivo.
Aun así, para gran parte del electorado, la estabilidad, incluso con sacrificios, fue premiada. Después de décadas de vaivenes, la posibilidad de proyectar gastos familiares sin sobresaltos fue vista como un alivio.
Mientras que en lo político, estas elecciones confirman la consolidación de la derecha argentina bajo el liderazgo de Milei.
El PRO, que fue durante años la fuerza dominante del espacio conservador, queda subordinado al proyecto libertario, que sigue absorbiendo su base electoral. Para Milei, esto significa no solo más poder, sino también el control del relato dentro del espectro de la derecha.
Mauricio Macri, expresidente de Argentina líder del partido PRO X@proargentina
Del otro lado, el panorama opositor es desolador.
El peronismo y el kirchnerismo atraviesan su peor crisis en dos décadas. Las divisiones internas, la falta de renovación y el desgaste de sus figuras históricas los hundieron aún más.
Cristina Fernández, que cumple arresto domiciliario por casos de corrupción, sigue siendo la cara visible de un movimiento que no logra construir una alternativa moderna ni cohesionada. Kicillof, pese a sus intentos de liderar una renovación, no logra despegarse de su figura, y las disputas internas entre intendentes y gobernadores solo profundizan la sensación de estancamiento.
Sin embargo, detrás del entusiasmo oficialista, hay matices que Milei no puede ignorar. Estas fueron las elecciones con menor participación en la historia de Argentina desde el retorno de la democracia en 1983, apenas un 67,8% del padrón votó, por debajo incluso de las legislativas de 2021, en plena pandemia. Y aunque los libertarios ganaron más bancas, perdieron cerca de 4 millones de votos en comparación con la elección presidencial de 2023.
En el peronismo, la caída fue de alrededor de un millón. Esto refleja una desafección política generalizada, un electorado cansado, que no se siente representado ni por el oficialismo ni por la oposición.
En otras palabras, Milei gana, pero con menos argentinos votando por él. El respaldo es fuerte en términos parlamentarios, pero más débil en términos sociales. Una señal de alerta para un gobierno que basa gran parte de su legitimidad en la idea del apoyo popular.
Para el futuro inmediato, Milei enfrenta un escenario complejo, su proyecto económico sigue dependiendo del rescate financiero estadounidense y de la estabilidad cambiaria. Cualquier alteración en ese equilibrio —una caída de reservas, un repunte inflacionario o una crisis política— podría golpear los cimientos de su plan.
El presidente de Argentina, Javier Milei. Foto: World Economic Forum/Ciaran McCrickard.
Pero, por ahora, el presidente cuenta con algo que no tenía, poder político y tiempo. La posibilidad de avanzar sin grandes bloqueos legislativos.
En el otro extremo, la oposición peronista enfrenta el desafío más grande desde 2001: reconstruirse o desaparecer como alternativa real.
Deberá renovar sus liderazgos, actualizar su discurso y reconectar con un electorado que hoy, más que votar por Milei, vota contra ellos.
Así, las elecciones del 26 de octubre marcan un nuevo capítulo en la política argentina, un país donde la derecha se consolida bajo un liderazgo personalista y disruptivo, donde la oposición se desmorona sin un proyecto claro, y donde la ciudadanía —entre el miedo y la esperanza— sigue buscando estabilidad en medio del vértigo.
Milei celebró la victoria, pero más allá del discurso, lo que realmente consiguió fue algo más concreto, el control político necesario para sostener su proyecto. El desafío será mantenerlo en pie cuando la euforia electoral se enfrente, otra vez, con la realidad económica argentina.