Todas las mañanas es el mismo proceso: el Mediterráneo despierta, el primer rayo del sol se abre paso entre las montañas del interior, toca los olivos que aún guardan el rocío de la noche y enciende la piel de la aceituna. Todo se pone en marcha en ese momento. No solo aquí en el valle, también en el mar, que empieza a recibir visitantes, o en las calles de Alicante, que empiezan a llenarse de vida.