Cuando era niña en el quiosco de la esquina solía coincidir con el vecino del segundo. Él cambiaba novelas del oeste desenfrenadamente y yo tebeos también desenfrenadamente. Éramos consumidores feroces, solo nos importaba si lo habíamos leído o no , y a veces cruzábamos una amarga mirada por la desidia del quiosquero que nos dejaba prácticamente sin recambios. Mis tebeos estaban tan manoseados que no era raro tener que despegar dos páginas unidas por algo verdoso. Las novelitas del vecino, un señor de unos cuarenta años, eran pequeñas, delgadas, de hojas amarillentas, con coloreados vaqueros a caballo o empuñando un rifle. De las paredes colgaban también novelas de terror, ciencia-ficción, policiacas, románticas , todas sin ninguna pinta de libro de...
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