Corría el año de 1611, y Madrid era una villa polvorienta y bulliciosa, un hervidero de espadachines, poetas, rufianes, beatas y mangantes, todos revueltos sobre un plato de callejuelas estrechas donde el olor a estiércol se mezclaba con el del pan recién horneado. La corte de Felipe III, recién asentada en Madrid tras el breve exilio vallisoletano, era un hervidero de intrigas palaciegas, versos afilados y pendencias a la menor excusa. En este escenario, don Francisco de Quevedo , caballero de ingenio cortante como su propia espada, protagonizó un lance que aún resuena en los anales de esta ciudad canallesca y Real: el duelo en la iglesia de San Martín. El Madrid de entonces era un laberinto de corrales de...
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