Nadie disfruta de una cama como quien se echa en ella tras un día de trabajo largo y duro. Algunos no se explicaban cómo aquellos hombres podían dormir la siesta en el sombrajo o a la media sombra de un balaguero de paja, pero si hubiesen tenido en sus huesos las horas de sol y faena de aquellos, después de almorzar habrían caído rendidos a la sombra de una caña. Hacía calor en el sombrajo, sí, mucho calor. Hacía calor en todas partes. Pero hacía más sueño. Y hacía mucho cansancio. Aquellos hombres despertaban de la corta siesta como si salieran de una anestesia laboral, como si resucitaran de una muerte bracera de poco más de una hora. Despertaban y...
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