LA reclamación de un hueco en el callejero para un ancestro o allegado es uno de los últimos hits de la sevillanía más genuina, que ya no le pide al Ayuntamiento que se acuerde del titular de su cofradía, sino directamente de su tío segundo o de esa señora con tanta maña que cosía para la calle en la barriada cuando era chico, purita argamasa de la sociedad civil. Melchor, Gaspar y Baltasar deben sentirse unos parias epistolares en comparación con el aluvión de cartas con listas de deseos que recibe el nomenclátor: buzones desbordados, centralistas colapsadas y servidores de e-mail caídos ante la obsesión del hispalense fetén de contemplar su apellido en una esquina. Qué gente más pesada, por...
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