A finales de junio, el aeropuerto de
El Prat, en Barcelona, está en plena ebullición. La terminal está repleta de colas, señales inequívocas del inicio del verano. En la zona de llegadas, no hay descanso: grupos de viajeros cargan sus maletas mientras avanzan entre sonrisas y expectativas.
Vienen con ganas de descubrir la ciudad, de vivirla y verla.Seguir leyendo...