A las ocho menos diez de la tarde del pasado sábado, a muchos estadounidenses se les atragantó la cena. La pantalla de los móviles mostraba la noticia: EE.UU. entraba en guerra con Irán, Donald Trump anunciaba que el ejército había ejecutado ataques a tres instalaciones nucleares de Irán. Era una apuesta tan audaz como arriesgada, con capacidad de definir su presidencia. Trump daba el paso que sus antecesores no se atrevieron a dar: ir de forma directa a por el programa nuclear iraní, una nube negra que ha condicionado la política exterior de EE.UU. en la región durante décadas. El multimillonario se jugaba mucho en la apuesta: su capital político interno, con una decisión contraria a la inclinación aislacionista de...
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