Este 15 de junio , arranca una misión que se propone inspeccionar el vertedero de residuos radiactivos lanzados en el Atlántico. Entre 1946 y 1990, s e vertieron más de 200.000 bidones procedentes de Suiza, Países Bajos, Francia, Estados Unidos o Reino Unido a más de 4.000 metros de profundidad, en aguas internacionales. Ese detalle hizo que estos residuos fueron olvidados por el gran público. Ahora, una misión científica a bordo del buque francés L'Atalante trabajará a unos 849 kilómetros al noroeste de la costa gallega , según destaca 'Le Monde'. La campaña está dirigida por el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), y tiene como jefes de misión a Patrick Chardon de la Universidad de Clermont Ferrand y a Javier Escartín de la École Normale Supérieure. Escartín explica a ABC que es importante tener en cuenta que todos estos vertidos se realizaron durante varias décadas, de una manera muy diferente a cómo lo haríamos hoy en día». Hasta ahora no ha habido ninguna inspección de gran calibre, «no tenemos datos detallados de lo que hay en el continente de los barriles,...Pero s on materiales de lo que se llama de media y baja radioactividad. Desde t odo lo que se utilizaba en la industria nuclear, material de laboratorio, muestras, guantes, pero no lo sabemos con exactitud porque no hay un catálogo de contenido de cada barril », señala el investigador. La finalidad de la misión es mapear la zona y esclarecer el estado de los bidones para averiguar si se han degradado o si presentan fugas o daños . También se buscará entender el impacto que han tenido en el entorno. Escartín matiza que hasta 1993, Japón, Estados Unidos y los países europeos hicieron estos vertidos en océanos de todo el mundo como una práctica común . «Y más o menos el 50% se sitúa en la zona del Atlántico Noreste, o sea, está relacionado con los residuos europeos. Y el lugar donde vamos es la que ha concentrado más vertidos de Europa. Probablemente, una cuarta parte de todos los vertidos de este tipo, a grosso modo, se han dado en esta zona», afirma. Habrá una segunda parte en esta misión, que puede desarrollarse el año que viene o dentro de dos años , sobre cómo la actividad de estos bidones puede haber impactado en la biodiversidad de la zona. «Puede haber elementos radioactivos que se hayan quedado en el sedimento atrapados o pueden haber pasado a la cadena alimentaria. Ahí hay toda una investigación por hacer», aclara. En ese sentido, cabe destacar que en los años 80 se realizó una campaña de inmersión en el que varios contenedores fueron fotografiados por un submarino autónomo y parecían mostrar signos de desgaste. A este respecto, Escartín describe que es uno de los temas de los que habla la Agencia Atómica Internacional. «Cada país tenía sus métodos. Hay bloques de cemento cilíndricos y bidones metálicos con cemento que fue mezclado con el material radiactivo descartado». Escartín advierte: «Todo lo que es metal va a degradarse con el tiempo. Además, estos barriles estaban diseñados para una longevidad, digamos, de 20 a 25 años . La cuestión es que después de tantos años se desconoce su estado actual», comenta Escartín. En relación al material arrojado al Atlántico, en el pasado un informe de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) señalaba que « el diseño de los paquetes para los desechos vertidos no tenían por objeto garantizar el aislamiento de los radionucleidos (o elementos radiactivos) dentro de los bidones, sino más bien asegurar que se transportaran intactos al fondo marino; posteriormente se esperaba que ocurriera un proceso de dispersión lenta en las aguas circundantes». Y añade que « en un estudio realizado en 1992 se detectaron concentraciones elevadas de plutonio 238 en muestras de agua recolectadas en los vertederos, lo que indica fugas de los bultos», afirmaban. Escartín añade que si bien, actualmente se teoriza que parte de la actividad radiactiva ha disminuido, todavía hay que indagar en el terreno para conocer los hechos, la distribución y localización exacta de los bidones para tener datos de mayor calidad, y así poder divulgar esta información con transparencia. El proyecto y la idea que permitió desarrollar la tecnología para lo que va a hacerse este 2025, empezó hace 15 años. E s uno de los primeros proyectos que analizará los impactos en el océano profundo . «Estamos hablando de una zona donde no hay instrumentos, no se sabe casi absolutamente nada ni de la física, ni de la química, ni de la biología», establece. Según 'El Faro de Vigo', buena parte de ese inmenso vertedero se localiza en la fachada atlántica, a partir de 300 millas mar adentro de Finisterre. En ese área se va a sumergir un robot submarino de nombre UlyX que pertenece al proyecto Noddssum, liderado por el CNRS. Escartín describe a ABC que este robot utiliza sistemas de sonar de muy alta resolución, y puede detectar objetos de 10 centímetros de tamaño, o sea que «podremos detectar los barriles porque puede mapear varias veces, entre 10 y 20 kilómetros cuadrados cada vez que baja. Podremos visualmente cartografiar los barriles como si fuese un dron», dice. En la misión de este junio se tomarán medidas de precaución y «si se detecta una anomalía importante de radiactividad, la sabremos rápidamente», indicó a 'Le Monde' Patrick Chardon. El regreso de los investigadores será el 11 de julio, e incluso antes de eso podremos disponer de más información sobre los hallazgos de esta campaña.