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Enseñar enseñándonos

Llego a la casa y todo está patas arriba: en el piso hay pelotas, pistolas de cuatro colores; carros, con ruedas y sin ellas; varios soldaditos, unos mancos, otros descabezados; lápices de colorear; muñecas, lo mismo elegantes unas, que calvas, descalzas y sin ropa otras, y crayolas desde la puerta de la sala hasta lo último de la cocina. No queda trecho por dónde caminar. Tres cajas han sido volcadas a su suerte, y una mamá medio imperturbable seguramente celebra la iniciativa de que vayan tomando de aquí y de allá, de que se diviertan a sus anchas, a como dé lugar. 

«¿Papi, llegaste?», se oye decir con retórica inocencia. Y dos abrazos así de sopetón, con sonrisas y ojos que se achinan, entre tiernos y vivaces, me dan la bienvenida como si nada estuviera pasando, como si todo anduviera en orden. ¡Normal, natural!

Estremecido entonces, correspondo risueño cada gesto. Respiro profundo, me acuerdo de alguna que otra técnica de yoga para la relajación y me adentro inquieto como quien sí quiere las cosas. 

De momento experimento el acoso más imponente e inevitable: ¿Papá, qué me trajiste? ¿Papi, qué compraste? Me siento allanado, invadido, de algún modo preso y atrapado en mis propias circunstancias. Sin casi oír explicaciones ni dar chance a nada, a golpe de observación, a lo Sherlock Holmes, ellos comienzan a deducir lo que viene en la jaba.  «Refresquito, galletica, yogurcito...». Entre impacientes y esperanzados se lanzan al registro, al estilo de la más furibunda orden policial. Saltan de alegría cuando encuentran lo que quieren, lo que les gusta, lo que saben que después van a pedir con insistencia y no habrá manera de decirles que no, que no se pudo, que el vendedor no vino a trabajar... 

Y muy a mi forma, muy conmigo mismo, a pesar de que el reguero me confunda e incomode, siempre me deleito con semejante travesura; aunque esté consciente de que, al final, la misión de recoger toda esa trocha carnavalesca de juguetes, por más que ellos digan que sí, que lo van a hacer y hasta se agachen con mezcla de resignación y obediencia, acabe siendo mía ante el compasivo llamado de la más manipuladora solidaridad: «Ya estamos cansados, no seas malo. ¡Ayúdanos, papá!». 

Para honrar a la sinceridad como merece, he de reconocer que a veces el peso abrumador de lo cotidiano me forcejea sin que la paciencia, más por lo de paz que por lo de ciencia, haga su contrapeso; que ha de probarse, si fuera posible, contar con días de 30 horas, y así a lo mejor no nos quedan tantos pendientes entre mano; que todos debiéramos plantar batalla contra el tiempo, el de los relojes y los almanaques, para que deje de ser una estresante ruta llena de cumplidos, culpable en parte de tantas ansiedades. 

Pero fuera de esas cargas, que pudieran ser las de muchísimas tareas de vida —más allá de la protección y el cuidado de cualquier medio y de
todos los ambientes—, la paternidad para mí ha sido toda una escuela, la más educativa e integral de todas, mi mayor experiencia de aprendizaje.

Por lo complejo y relativo de la materia sé que jamás llegaré a doctorarme en tamaña empresa; ni buscaré tampoco la maestría ni la especialización. Me conformo entonces con que el curso indetenible de la vida me ayude a probarme simplemente como tutor de dos aspirantes a crecer, bajo la modalidad del cariño, en la licenciatura de la Utilidad y el Bien, sin que haya que expedir títulos que acrediten lo logrado a mi favor. 

Y como en toda forja humana en la que median emoción y carácter, enseñar ha de ser también el arte de enseñarnos, cada día voy asimilando mucho más de lo que alecciono, y descubriendo más de lo que explico en este indeclinable ejercicio de hacernos parte de cada vivencia y de querer dejar, aunque perfectible y cambiable, una huella. 

Uno va superándose por etapas: primero las cargadas, el gateo, el pasito, el balbuceo; luego la carrera, la trepadera; más tarde la escuela, la tarea, el corre-corre para la beca y los trajines de… lo que haga falta, lo que sea. 

Por eso no puedo hacer menos que olvidarme de los regueros, las perretas y las insistencias, y reír contento y afortunado de que ellos me tengan para yo entonces crecer con ellos, como buen tutor, como permanente aprendiz de los afectos.

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