¿No es llamativo que una generación consagrada al ocio nunca esté ociosa? Llamativo y alarmante, pues tan embrutecedor como el trabajo puede ser el tiempo libre (que, por la forma en que abruma y aturde, parece de todo menos ‘libre’). A la monomanía del negocio sigue la hipertrofia del ocio. El niño que echaba moneditas en el arcade es hoy el ‘workaholic’ adicto a la tragaperras de faltriquera. A quienes acusan a mi generación de inútil cabría lanzarles la respuesta, ligeramente alterada, del gánster Ilich a Fernando de los Ríos: inútil, ¿para qué? Porque emplear dicho insulto en abstracto es como tratar de lapidar a alguien sin agarrar antes alguna piedra. No basta con ser útiles, en general; salvo que...
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