Violencia en las aulas: ¿quién fracasó realmente?
En menos de un mes, Chile ha sido testigo de una serie de hechos alarmantes que reflejan una crisis profunda en nuestras comunidades escolares. La violencia ya no es un fenómeno externo, sino que ha cruzado las puertas de los colegios, ha tomado los pasillos e incluso las salas de clases.
En Melipilla, una riña escolar al interior del Liceo Bicentenario Hermanos Sotomayor Baeza dejó a un estudiante herido y dos detenidos; uno de ellos portaba un arma blanca. Días antes, una balacera dentro del colegio Nuevos Horizontes de San Pedro de la Paz ya había estremecido al país. Y como si fuera poco, en el Colegio Politécnico San José de Curicó, un estudiante de 14 años ingresó un arma al establecimiento, y otro la manipuló en plena sala de clases, apuntando a un profesor para exigir mejores calificaciones.
El Presidente Gabriel Boric dijo recientemente que “como sociedad hemos fracasado”, pero no, no ha fracasado la sociedad en su conjunto. Lo que ha fracasado son las políticas públicas que debieron prevenir esta crisis, ha fracasado un sistema que no protege ni a los niños ni a quienes los educan, con profesores que no pueden hacer nada y sostenedores y autoridades que miran hacia otro lado.
Estamos viendo las consecuencias de años de abandono. La ausencia del Estado, la falta de programas eficaces de contención emocional, salud mental escolar dañada y un sistema educativo que no logra despegar y enfocarse en lo esencial.
Esta violencia tiene causas; proviene de hogares fracturados, de padres y madres ausentes. El sistema exige más trabajo, más horas fuera de casa y menos tiempo con los hijos, ahí es donde entran las pantallas y ocupan el lugar de la familia, lugar donde los niños consumen violencia, escuchan música que romantiza la agresión, siguen a influencers que glorifican el narcotráfico y las armas, y aprenden que el respeto se gana a través del miedo. En consecuencia, tenemos niños que están solos y padres también agotados, sin redes de apoyo, en un país que les da la espalda.
La violencia escolar es el síntoma más visible de un tejido social desgarrado, de políticas que no llegan, de autoridades que reaccionan tarde —como el director del colegio de Curicó, que informó una semana después de un hecho gravísimo—, y de una institucionalidad más preocupada por proteger su imagen que por cuidar a los estudiantes.
La pregunta ya no es ¿qué está pasando?, sino ¿qué más tiene que pasar para que el Estado actúe con seriedad? Porque mientras seguimos esperando, hay niños aterrorizados, profesores amenazados y familias que ya no confían en que el colegio sea un lugar seguro.
No es la sociedad la que ha fracasado. Ha fracasado el Estado, han fracasado sus políticas, su inacción y su negligencia. Tolerancia cero. Aún estamos a tiempo de terminar con esta agonía.