Tres años no le alcanzan
Al presidente Donald Trump los poco más de tres años que le quedan en su administración no le alcanzarán para cumplir sus promesas de campaña.
Sin embargo, está dejando ya una herencia de radicalización, racismo e incertidumbre que ha volteado de cabeza al mundo en apenas unos meses.
En su retorno al centro del escenario político, Donald Trump no ha hecho más que reafirmar viejas y peligrosas obsesiones: atacar a los migrantes y socavar los cimientos del neoliberalismo con políticas proteccionistas que destruyen la idea de multilateralismo que EU promovió por más de medio siglo.
Desde su primera campaña en 2016, Trump construyó su capital político culpando a los extranjeros de los males económicos y sociales de EU. Hoy, con propuestas reloaded y viejas tácticas, vuelve a colocar a alrededor de 30 millones de personas en la mira de un aparato migratorio cada vez más agresivo y arbitrario.
Uno de los actos más notorios de su primer mandato fue restringir el ingreso de ciudadanos de 12 países a territorio estadounidense. El llamado “Muslim Ban”, una orden ejecutiva firmada apenas una semana después de asumir la presidencia, prohibió la entrada de personas provenientes de Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen. Posteriormente, su gobierno amplió la lista para incluir a Nigeria, Eritrea, Myanmar, Kirguistán, Tanzania y Venezuela.
Ahora Trump repite la misma medida y prohíbe la entrada a ciudadanos de Afganistán, Myanmar, Chad, República del Congo, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Haití, Irán, Libia, Somalia, Sudán y Yemen, y limita el ingreso a nacionales de Burundi, Cuba, Laos, Sierra Leona, Togo, Turkmenistán y Venezuela.
El pretexto, como hace 9 años, fue la seguridad nacional, aun cuando ninguno de esos países ha cometido acciones terroristas en suelo estadounidense.
La medida, condenada por organismos internacionales y activistas de derechos humanos, en el pasado separó familias e impidió que miles de personas accedieran a tratamientos médicos, educación o refugio ante situaciones de violencia extrema, lo que se repetirá de nueva cuenta.
Pero los efectos de la política antimigrante de Trump no se limitan a las fronteras. En esta administración, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) intensificó sus redadas con una brutalidad sin precedentes, repitiendo las tácticas empleadas entre 2017 y 2020, cuando llevó a cabo cientos de operativos en lugares de trabajo, iglesias y escuelas, sembrando el terror entre comunidades enteras.
Uno de los casos más representativos ocurrió en agosto de 2019 en Misisipi, donde ICE arrestó a casi 700 trabajadores en plantas procesadoras de alimentos, la mayoría de ellos sin antecedentes criminales. Se trató de una de las mayores redadas en lugares de trabajo en la historia moderna del país. Mientras decenas de niños esperaban en las puertas de las escuelas sin saber si sus padres volverían por ellos, la Casa Blanca celebraba la operación como “un triunfo del orden”.
Ahora, afuera de las cortes civiles, donde migrantes que se acogieron a las leyes de EU tratan de dirimir sus casos, decenas de agentes del ICE los cazan, como ocurrió hace apenas una semana en NY, cuando detuvieron y deportaron a 7 personas que habían acudido a sus audiencias.
El sistema educativo tampoco está exento de esta ofensiva. En julio de 2020, en plena pandemia, el gobierno de Trump anunció que revocaría las visas de estudiantes extranjeros si sus universidades ofrecían clases únicamente en línea. La medida habría afectado a más de un millón de alumnos, forzándolos a abandonar el país en medio de una emergencia sanitaria global. Solo tras una oleada de demandas encabezadas por universidades como Harvard y MIT, el gobierno dio marcha atrás. Sin embargo, ahora repite la estrategia y deja en claro que los estudiantes internacionales no son más que piezas desechables en su tablero político.
Más allá de los números, el verdadero daño de estas políticas está en el discurso que las sustenta. Un discurso que asocia la migración con el crimen, la enfermedad o la amenaza cultural. Un discurso que normaliza la discriminación y convierte al extranjero en chivo expiatorio de problemas estructurales que poco tienen que ver con la migración.
Ante este escenario, es urgente no perder de vista lo que está en juego. Las políticas migratorias no son simples herramientas administrativas: son expresiones del tipo de sociedad que queremos construir. Una sociedad que valore la dignidad humana y la diversidad, o una que levante muros y viva del miedo al otro.
La historia nos ha enseñado que las épocas de mayor oscuridad se gestan cuando el poder convierte en enemigos a los más vulnerables. El legado migratorio de Trump es un recordatorio de lo frágiles que pueden ser los derechos cuando el odio se institucionaliza.
Los efectos pueden agravarse en el mediano y en el largo plazo. Al presidente Trump se le olvida que, salvo que se le cumpla su sueño guajiro de reelegirse por cuatro años más, solo le quedan tres para recomponer las consecuencias de sus ocurrencias.
Sotto voce
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