Me han llegado las imágenes del derrumbe de mi casita del cuartel . Primero, por un wassap de mi hermano y luego vi la noticia ya editada en el ABC digital: « Comienza la demolición de las viviendas del cuartel de la Guardia Civil de Toledo …». Me dolió. Allí vivimos mis padres, mis cinco hermanos y yo hasta 1989. Era un 'minipiso' de apenas 40 metros cuadrados . Vi como la pala de esa enorme grúa excavadora atravesaba el tejado y se metía sin piedad en el salón y los dormitorios devorándolos como un tiranosaurio rex hambriento. Me dolía pero no podía apartar la mirada esperando que al levantar el tejado pudiera contemplar escenas de mi vida cotidiana de aquellos años : a mi hermanito David con dos años sentado en el balcón y vaciando con sus pequeñas manitas una caja de madera repleta de naranjas, mientras miraba cómo pasaban los coches y reía a carcajadas con el sonido de alguna ambulancia. Si me acerco un poco más y amplio el vídeo de la demolición tal vez llegue a ver la llave de casa, siempre puesta en la puerta como todas las demás. Y a la vecina de enfrente, la señora Paula, entrando y saliendo de casa sin ni siquiera golpear con los nudillos. Quizá si me fijo bien, aún pueda ver a mi madre en la cocina, atareada, siempre atareada con algún cocido o algunas lentejas , pelando patatas, quitando hebras a las judías verdes o moliendo café con el antiguo molinillo de hierro entre sus piernas. En el salón estará Marcial, tumbado en el sofá de skay o ayudándome en alguna redacción para la escuela mientras entra sonriente mi hermano Jose, feliz y divertido como el Carlitos de Cuéntame. Fue triste ver cómo la pala se engulló en pocos minutos ese espacio donde pasaron tantas cosas . Mis primeros amores y desamores, las tardes eternas escuchando a Silvio Rodríguez, las conversaciones telefónicas mientras intentaba sin éxito estirar el cable para ganar un poco de intimidad, el agua que nunca subía bien al sexto piso, los 86 escalones , la pesada bombona de butano, mi madre acarreando comida para tantos como un Sísifo subiendo con la roca en la espalda en una tarea sin fin. El olor a colonia Nenuco que dejaba mi hermanito bebé en toda la escalera, esa Virgen que llegaba a casa en una caja de madera que iba recorriendo todo el vecindario y a la que metíamos una moneda por la ranura. Bajar corriendo los seis pisos siempre con saltos de cuatro en cuatro escalones o subidos en la barandilla de madera. Recuerdo las ventanas de hierro, no había una que cerrara bien y en invierno se colaba el frío sin poder hacer nada. Mi padre a la noche me arropaba con su capa verde de guardia para abrigarme . En verano ese pisito helado se convertía en un horno insoportable. Recuerdo esa noche que mi madre desde la ventana de la cocina despedía con la mano a mi hermano Fernan que se había ido a la Guardia Civil y había venido a visitarnos. Mi madre se quedaba llorando unos días después de cada visita de su primogénito. Si me fijo bien puedo verme llegar de la escuela y ver a mi hermanito recién nacido sobre mi cama mientras montaban su cunita. Nunca olvidaré ese rico olor que sentí al acercarme a su mejilla. Y esa mesa camilla a la noche se llenaba de manualidades como tarea para la escuela que mi madre decidía hacer para todos al ver que el tiempo corría y que nuestro interés por cortar latón o pegar cartulinas no llegaba. Esa mesa camilla se convertía también en taller de costura y se cubría de patrones de revista de moda para que yo pudiera lucir en las fiestas del Pilar , todos los 12 de octubre, algún nuevo modelo. O para que mis hermanos pudieran estrenar esas chaquetas largas de lana que tanto se llevaban en los 70. Todo esto es lo que vi mientras ese gigantesco tiranosaurio rex devoraba mi casa. Después me hice mayor y viví en otras casas, es cierto, pero siempre que tengo ante mí algún viaje grande, alguna mudanza o decisión importante que tomar, esta casa aparece en mis sueños : camino rápido, casi corriendo por la avenida de Barber hasta llegar sudorosa al cuartel. Nada más verme, el guardia de la garita abre la puerta sin preguntar nada , como si hubiera estado esperándome. Subo las escaleras y la llave sigue puesta como siempre, entro en casa, me acuesto y me arropo con la capa verde del uniforme de papá. Ahora nada me puede pasar, estoy a salvo. Toledo. 29 de mayo del 2025