El siempre comedido
Jannik Sinner se vio de repente inmerso en una noche loca de París. Sin comerlo ni beberlo, lo arrastraron hacia una discoteca al aire libre, con 15.000 personas con ganas de pasárselo bien a costa del número uno mundial, que en ocasiones torció el gesto, no por la reacción de la grada de la Philippe Chatrier, que ya se debía esperar, sino por el comportamiento un tanto irrespetuoso de su rival,
Arthur Rinderknech.
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