Mi padrino siempre negó que fuese supersticioso porque «la superstición da mala suerte» pero, en cierta ocasión, obligó a un camarero a compartir todo el almuerzo familiar como decimocuarto elemento porque se negaba a sentarse a una mesa con trece comensales. Aficionado a la caza y a la pesca, nunca salía de casa sin acariciar una cornamenta de cabrito que tenía colgada del pomo de la puerta y se rio mucho cuando le traduje un artículo de Alfonso Ussía en el que categorizaba a los portadores de mala suerte: gafe, sotanillo y manzanoide. El primero atrae pequeñas desgracias, es casi inofensivo. El segundo, peligrosísimo, reparte mal fario entre los demás mientras él permanece indemne, como un Pedro Sánchez del infortunio....
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