Harvard vs el autoritarismo
Soy chileno y actualmente estudiante de posgrado en la Universidad de Harvard. Mantengo mi anonimato para proteger a mis compañeros extranjeros, tanto a quienes no desean abandonar el país como a quienes están fuera de Estados Unidos sin saber cuándo podrán regresar.
Este viernes, el gobierno de Donald Trump revocó la certificación de Harvard para matricular estudiantes internacionales no migrantes como yo, acusándola de fomentar la violencia, el antisemitismo y simpatizar con Hamás y el Partido Comunista Chino. Si en las próximas horas la universidad no entrega más información sensible sobre nosotros, perderemos nuestro estatus legal, siendo transferidos a otras universidades, en el mejor escenario, mientras quienes trabajan deberán renunciar y abandonar el país. Hablamos de unos 6.800 estudiantes de casi 150 países. A esto se suma la cancelación de miles de millones de dólares en fondos federales de investigación en Harvard, afectando directamente a mis profesores, compañeros y a mí.
Antes de mudarme a Boston, viví casi dos años en Beijing, capital de un Estado autoritario e hipervigilante. Debía cuidar lo que publicaba en WeChat, la mega-app china usada para todo: comunicarse, pagar en todas partes, pedir taxis, comida o un médico. Usábamos palabras clave para hablar de herramientas como la “VPN”, que eludía la censura conectándonos con servidores extranjeros. En Boston, siguiendo recomendaciones de la Harvard International Office, ahora mantengo precauciones similares en mis redes sociales. Aun en “la tierra de la libertad”, como estudiante, debo autocensurarme.
He estado en Cisjordania, Palestina, y he presenciado los abusos que agitan el debate en universidades estadounidenses. Sí, hay células terroristas en Palestina, pero también un evidente genocidio, perpetrado a plena vista por otro Estado autoritario contra civiles inocentes, incluidos niños. Naturalmente, esto genera tensión en una comunidad universitaria tan diversa y afecta la convivencia de una institución especialmente “atractiva” para la actual administración. Sin embargo, pese a sus defectos, Harvard no es una institución antisemita ni antiárabe, y sus políticas de inclusión no son racistas.
La hegemonía global de las universidades estadounidenses, surgida tras la Segunda Guerra Mundial, se ve amenazada. Quienes en Washington dicen poder restaurar la honra de su país son quienes más han dañado su estatus diplomático, económico, militar, académico y moral.
Tal vez todo esto sea como las tarifas impuestas a China y otros 185 países, incluidos Chile. Tal vez sea otra bravuconada que se revierta pronto. Hay esperanza en que el poder judicial favorezca a Harvard. Lo único claro es que es una medida inconstitucional que amenaza la autonomía académica y la libertad de expresión. Un paso más en la involución autoritaria de Estados Unidos.
Anónimo,
Estudiante chileno en Harvard