Mi primer viaje hacia la libertad –como definíamos en los ochenta la aventura de ir a Madrid– tuvo como protagonista a Miguel Ríos. Un amigo y yo nos fuimos hasta allí, exclusivamente, para comprar un disco del cantante y regresar al día siguiente. Eran unas ocho horas de tren nocturno: sentados, gente fumando, bajando la ventanilla para respirar aire puro y olor a frenos… Y también estaba el revisor con la gorra, la empanada grasienta y el zarandeo por los pasillos, en fin, la juventud abriéndose paso más allá de la Canda y el Padornelo. Mi recuerdo era: un territorio inhóspito sugiriendo selva y personas desconocidas. Pero todo eso ha cambiado. Si aquel joven entrase hoy en un tren se...
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