Un enemigo de la democracia y la libertad de Venezuela
Hay un señor que se llama Richard Grenell, embajador del Servicio Exterior de los Estados Unidos y enviado especial de Donald Trump para Corea del Norte y Venezuela, que ha venido sumando muchísimos puntos para convertirse en el enemigo “number one” de la democracia y la libertad de nuestro país.
Hace dos días lo volvió a hacer; es decir, sigue filtrando información, a través de ciertos portales tendenciosos como Bloomberg y otras fuentes digitales, caso del podcast de Steve Bannon, en los que asegura que entre Washington y Miraflores están dándose una serie de negociaciones con “progresos significativos”, y que muestra de estos avances ha sido la liberación, el martes de esta semana, en la isla de Antigua y Barbuda, del veterano de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Joe St. Claire.
Según y que, debido a este estupendo entendimiento con resultados concretos, asegura Grenell, su jefe Donald Trump habría decidido extender por dos meses más la licencia general que le permitiría a la empresa Chevron continuar sus operaciones en Venezuela.
No conforme con ello, el señor Grenell volvió a asegurar a los citados medios, como lo hizo en febrero pasado, luego de la liberación de aquellos otros seis estadounidenses secuestrados por el régimen (aún quedarían 9), que “Donald Trump ha sido muy claro en que no desea forzar un cambio en Venezuela, sino en cumplir lo mejor para Estados Unidos y aquello que es mejor para los estadounidenses”.
Se desprende de toda esta parafernalia de Richard Grenell que los “progresos significativos” a los que él se refiere implicarían el intercambio llano y simple de los rehenes estadounidenses por una serie de concesiones que Maduro y sus sátrapas negociadores estarían reclamando. Por supuesto que la renovación de las licencias, al menos de la transnacional Chevron, sería una de las tantas demandas. Miraflores querría muchas cosas más, pero esto último sería el comienzo de lo que este pernicioso acercamiento habría de significar.
El secretario de Estado, Marco Rubio, algo bastante ocupado por ese chorro de responsabilidades que le ha encargado Donald Trump, entre otras, la de ser también el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, le salió al paso al señor Grenell la misma noche del miércoles 21 de mayo. En lo que parece un mensaje claro y tajante, para no dejar dudas ante tanta especulación, Rubio escribió en su cuenta social X: “La licencia petrolera pro-Maduro-Biden en Venezuela vencerá, según lo programado, el martes 27 de mayo”.
El anuncio de Marco Rubio desmiente totalmente el acuerdo al que, según Grenell, habrían llegado él y los enviados del régimen madurista durante el encuentro en Antigua y Barbuda, sobre todo respecto a la renovación de la licencia general a Chevron. Los demás términos de la supuesta y “exitosa” negociación, aún no han sido revelados.
No escapa a la atención de cualquier observador el hecho de que este cruce de informaciones y el desmentido de Rubio pudiera ser un síntoma de serias divergencias en el entorno de Donald Trump.
Diversos analistas políticos hablan del enfrentamiento a diario de las dos tendencias que quieren conquistar el favor del presidente Trump. Por un lado, el grupo de aquellos que apuestan a la política de máxima presión, liderado por el propio Marco Rubio y secundado por el subsecretario de Estado, Chris Landau y el enviado especial para América Latina del Departamento de Estado, Mauricio Claver Carone. En contraposición, tenemos al lobby petrolero encabezado por la transnacional Chevron, que utiliza a personalidades como Richard Grenell, cuya retórica está casada con la idea de promover y defender los intereses de Estados Unidos, en este caso los intereses económicos-petroleros, bajo argumentos bastardos como el de no dejar que empresas chinas, rusas y de Irán se adueñen del espacio hasta ahora conquistado por la Chevron en Venezuela.
Richard Grenell, ¿un lobo solitario?
Ante la aclaratoria proporcionada por Marco Rubio, surge la pregunta más que lógica del por qué el señor Richard Grenell anda por la libre declarando lo que le venga en gana, sin que se produzca alguna llamada de atención desde la Casa Blanca, y dejando a la simple especulación la confrontación que pareciera tener lugar entre estos dos altos funcionarios. ¿Qué tanto poder y libre albedrío le ha concedido Trump a este prepotente funcionario a quien no pareciera importarle todo eso de los valores de la democracia, libertad y derechos humanos tan tradicionalmente intrínsecos a la política exterior y de Estado de Estados Unidos?
Más aún, en la interpretación y análisis de las declaraciones de Grenell y de Rubio, se pudiera manejar la hipótesis según la cual Donald Trump estaría ejecutando una especie de juego a dos bandas. Por un lado, deja al imprudente Grenell negociar con los enviados de Maduro, básicamente para obtener la liberación de todos los cautivos estadounidenses retenidos en las mazmorras del régimen, con promesas falsas de reivindicaciones económicas, pero con resultados evidentemente magros tomando en cuenta la naturaleza perversa del gobierno de facto que tampoco se chupa el dedo. Y, por otra parte, deja claro su decisión de seguir adelante con la política de máxima presión, con miras al quiebre eventual del régimen madurista.
De no ser esta la aproximación justa concebida por la Casa Blanca, estaríamos entonces ante un escenario ciertamente preocupante de confrontaciones y suerte de anarquía en el seno de la administración Trump; algo que definitivamente estaría enviando una desalentadora señal a los sectores democráticos de Venezuela y la comunidad internacional, y, paradójicamente, un mensaje tranquilizador a las huestes chavistas en su persistente empeño por mantenerse en el poder.
Claver Carone lo dijo muy claramente hace unos meses atrás: en la primera administración de Donald Trump no se aplicó ni siquiera 50% de la política de máxima presión en contra del régimen madurista, añadiendo que, por tanto, para acabar de una vez por todas con Nicolás Maduro y su mafia delincuencial es necesario la puesta en práctica de todos los instrumentos a disposición del gobierno de Estados Unidos.
Al grupo de los cariñosamente llamados “Locos Cubanos” del Congreso americano, y al frente conformado por los funcionarios de línea dura de la administración republicana, les sigue quedando pendiente la tarea de convencer a Donald Trump de que, si bien la liberación de los cautivos estadounidenses en tierra venezolana representa una indiscutible prioridad de su política exterior, ese objetivo no debe ser alcanzado en detrimento de la causa democrática y libertaria de Venezuela y la región en su conjunto, tal como lo ha venido pretendiendo Richard Grenell, el nuevo peor enemigo de los venezolanos.
Javierjdiazaguilera61@gmail.com
La entrada Un enemigo de la democracia y la libertad de Venezuela se publicó primero en EL NACIONAL.