Las dos personas normales se bajan del autobús (que tiene un 17 en el frontal y por eso se llama el 17) y contemplan pasmados un barrio diferente al suyo, aunque de estricta normalidad: edificios de ladrillo rojo —a veces blanco— con locales en los bajos, terrazas semivacías y cemento agrietado en los bloques bajos, de protección oficial. La primera persona normal abre los brazos y dice: —Aquí está. —Aquí está, ¿qué? —La vida. —¿La vida está aquí? —El arte es vida, te lo he dicho; de tres estrellitas y media para arriba. Aquí está la juventud. ¿Te lo he dicho o no te lo he dicho? —A veces no te presto atención. —Y, ¿por qué has venido, entonces? —Pues...
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