Eurovisión dejó de ser, hace ya demasiado tiempo, un festival donde la música era lo relevante. Eso, suponiendo que alguna vez lo fuera (para mí siempre fue el truco mnemotécnico mediante el cual recordar las capitales de los países participantes). La emotividad exacerbada, convenientemente explotada por motivos ideológicos y políticos, actúa de acicate, parece, en determinados cerebros y hace que sientan una irremediable necesidad de admiración y devoción por determinadas canciones y no otras. Independientemente de su calidad musical, por supuesto. Se sienten activos en su militancia, desde la confortable sala de estar de su hogar, moviendo únicamente el pulgar y sintiendo la íntima satisfacción de estar siendo determinante en el devenir histórico de la UE. Así, por ejemplo, si...
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