En un continente acostumbrado a presidentes ostentosos o corruptos, la austeridad de José Mujica fue suficiente para convertirlo en un referente mundial del anticonsumismo y en un político queridísimo. Dos símbolos le ayudaron a forjar esa imagen de abuelo sabio que guardaba una estricta coherencia entre sus palabras y sus actos: su Volkswagen azul y su pequeña chacra en Rincón del Cerro, a las afuera de Montevideo, desde donde gobernó Uruguay y a donde peregrinó todo aquel que quiso conocerlo. Ningún publicista hubiera ingeniado una mejor estrategia para comunicar un mensaje central en su credibilidad como político: el poder no me cambia, el poder no me corrompe. Todos estos elementos fueron importantes para forjar el mito que lo rodeó, aunque...
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