Falta poco para que los colegios empiecen a preparar sus fiestas de fin de curso. Ese día en el que los padres toman cervecitas en vaso de plástico, los profesores afinan su simpatía y los niños hacen un número musical con el que llevan semanas dando la matraca por el pasillo de casa. Me gustaba el olor y el ambiente de esos últimos días. Ruffles, sobaos, batidos de chocolate, fresa y vainilla. Era chulo ver el recreo de noche, mola cuando la oscuridad muestra looks desconocidos de escenarios familiares. Era como caer en la cuenta de que el patio se quedaba allí cuando nosotros nos íbamos, que no era un decorado que se desmontaba tras el juego. Recuerdo que un...
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