Lo último que sé de Marie Kondo es que se enamoró de un sillón. A veces me despisto y pienso en ella, que conquistó el mundo después de ordenarlo para después descubrir que la vida es caos, hijos que rompen cosas, padres y madres que intentan arreglarlas mientras fingen que saben lo que tienen que hacer: primero tenía el control, ahora la felicidad, además de un sillón de lino que debe de ser muy fácil de limpiar y una cuenta corriente para echarse a reír. —Te tengo que contar… Este fin de semana me he comprado un limpiador de vapor—, me dijo un buen amigo, que en otro tiempo fue joven y madridista y ahora sobrevive como puede. —¿Y? —Una...
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