En la luz mortecina de una mañana vaticana, mientras el eco de los salmos se disolvía bajo la cúpula de Miguel Ángel y el revestimiento ornamental con el escudo de Inocencio X, una imagen quedó detenida en la retina del mundo: Donald Trump y Volodímir Zelenski sentados juntos, inmóviles, casi devotos, a escasos metros del altar del baptisterio en la Basílica de San Pedro. Pero más allá de la curiosidad política o el morbo periodístico, algo en esa foto -una atmósfera, un encuadre, una tensión- susurraba que nada allí era casual. Los dos líderes, con los cuerpos levemente inclinados hacia adelante como si escucharan una voz más antigua que los mármoles policromos reutilizados que ellos pisaban, ocupaban dos sillas metálicas...
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